(Idea original: Juan F. Vilardo)

Mi nombre es Lily, soy una Mastín Napolitano de un año y un mes, todo un cachorrito de 45 kilos, vivo en mi paraíso personal, La Veterinaria. Acá convivo con El Gordo, El Flaco, Las Doctoras, El Negro, El Negrito y El Chofer. Como verán, ninguno de estos personajes tiene nombre. La única que para la gente tiene nombre propio soy yo. LILY.
Pero aunque digan que los perros no hablamos, voy a tratar de contarles cómo llegué hasta acá, a pesar de que con el tamaño de mis patitas se me hace un poco difícil escribir correctamente en el teclado.

Nací el 17 de mayo de 2002 en el seno de una familia napolitana de buena sangre; luego de estar tomando la teta de mi mamá durante cuarenta y cinco días, noté que poco a poco mis hermanos empezaron a emigrar en busca de nuevos horizontes y de un futuro mejor para sus descendientes. Hasta que un buen día me tocó el turno a mí. Recuerdo que me subieron a un auto y me llevaron a una casa en la zona de Martínez, allí conocí a otra chica de mi especie, una Pit Bull negra a la cual llamaban Cocó. A mí decidieron llamarme Lily. En esa casa en principio todo iba muy bien, jugábamos con Cocó, comíamos juntas y descansábamos pero, poco a poco, lo que estaba bien empezó a tornarse un poco violento. El dueño de casa quería que fuera mala, yo contaba con 5 meses de vida y hubo alguien que le dijo que tenía que maltratarme para que así sea; empezó por encerrarme todo el día y no dejarme salir ni siquiera para hacer mis necesidades, apenas si me daban de comer. El único respiro que tenía era una vez a la semana cuando nos venían a buscar de La Veterinaria, ahí se dieron cuenta que estábamos encerradas y nos dejaban jugar un buen rato en el local, claro que no todo era un lecho de rosas, ahí también… me bañaban.

Fue en La Veterinaria donde notaron que no solamente estaba encerrada sino que además me pegaban. Y fue así por un golpe que tenía en la cabeza (el mismo que me dejó el chichón que tengo ahora) y por las quemaduras de cigarrillo en mis cachetes. Las doctoras siempre me curaron, pero seguían con la otra tortura… me seguían bañando

Pero eso no fue todo. Como no pudieron hacerme mala, dado que no está en mi naturaleza, el dueño de casa decidió dejar de darme de comer. No le servía. Fue así que, después de un buen tiempo sin comer ni tomar agua, ya no me pude levantar. Pero hubo algo que hizo que la esposa del dueño de casa llamara a La Veterinaria: -“Lily no camina”- dijo. Yo tenía 7 meses.

Inmediatamente la doctora me fue a buscar y me llevaron (según me contaron después) a una veterinaria en Capital, allí me curaron. Homeopatía, Flores de Bach, Acupuntura, medicina tradicional y sobre todo una buena alimentación, fue lo que me sacó adelante. A estas dos veterinarias les debo mi vida, sobre todo a la de Capital, porque ahí… no me bañaban.

Para la gente de La Veterinaria, el problema recién empezaba, el dueño de la casa donde viví les dijo que si el tratamiento era caro me iba a “llevar al campo” y me pegaría un tiro, con lo cual no supieron qué hacer, pero como estaban por abrir el segundo local, casi de común acuerdo decidieron adoptarme. Es ahí, en el segundo local, donde vivo ahora. Es mi paraíso. Comida no me falta. Caricias son lo que sobra, de ellos y de toda la gente que viene al local por mí (si no estuviera yo no sé qué harían)

Gracias a las doctoras tengo hasta obra social. Juguetes, un montón. Y sobre todo, PALITOS, muchos palitos, ellos me dan alimento balanceado, ¡qué les pasa! Yo quiero palitos. A ver si entienden: PA-LI-TOS, ¡ok!

Pero la comida y los palitos me los gano, trabajo para eso, cuando suena el timbre del portero salgo de donde esté, ladrando con mi voz ronca pretendiendo ser el perro de guardia. Aunque no me dejen dormir, les cuido los cachorros que tienen a la espera de nueva casa. Cuando viene alguien “raro”, enseguida me sueltan para que ese “raro” me vea.

Por supuesto que “mi paraíso” tiene su lado malo, a veces me retan cuando corro entre las góndolas y tiro con mis caderas todo lo que esté en ellas. O cuando se olvidan abierta la puerta de alguna jaula donde están los cachorros y yo les robo los huesos, etc. Pero no quiero contarles de mis desastres porque tendríamos que publicar varios tomos. Pero lo peor que pasa en mi paraíso, es que ¡ME BAÑAN!

Han pasado casi tres años desde que estoy acá, a veces me acuerdo de Cocó y me dan ganas de verla, la extraño, no sé por qué no viene. El otro día escuché que no venía más porque mi antiguo dueño se la había llevado al campo. Eso me puso muy triste.

¿Saben una cosa? ¡En Noviembre fui mamá! Soy mamá de ocho cachorritos de Mastín, me vuelven loca pero estoy feliz. Siempre me acuerdo del día que llegué a esta Veterinaria, recuerdo las caras de los chicos que no sabían qué hacer para que estuviera bien. El día que fui mamá, cuando nació mi último hijo, los vi abrazarse y llorar, se decían: “Es muy fuerte esto ¿te acordás? hace dos años Lily llegó casi muerta y hoy ¡es MAMÁ!”

Pobres incrédulos no saben lo que les espera cuando estos crezcan. Igual voy a hacer lo posible para que mis cachorros se porten bien, no quiero que pasen por el mismo y terrible sufrimiento por el que paso yo dos veces al mes. Espero que no los bañen tanto.

Así fue, así pasé… del infierno al paraíso.

Fernando A. Narvaez