García Márquez dice: “La vida no es la que uno vivió, sino como la recuerda para contarla.”

Siempre me gustó escribir, siento que hacerlo es una buena manera de conservar los recuerdos de la manera más parecida a como sucedieron, y lo siento así porque creo que uno nunca recuerda las cosas tal cual ocurrieron, siempre hay un detalle que se nos olvida o que manipulamos de manera capciosa para que nos mejore un poco lo ocurrido, sobre todo si esto nos hizo mal o nos lastimó. Pero pasa lo mismo con aquellas cosas que nos dan placer, en ese caso manipulamos el detalle como para que sea la frutilla de la torta.

Por eso creo que escribir lo ocurrido es como una fotografía, no con la misma definición ya que en una fotografía no hay detalles que podamos manipular, si teníamos ojeras o estábamos despeinados no podemos hacer nada para cambiarlos. La fotografía nos inmortaliza en ese momento tal cual estábamos, en cambio lo escrito, lo podemos maquillar, adornar o modificar a gusto para que nos colme de amor, si es lo que buscamos. Pero si escribimos con el corazón y la sinceridad en la mano, no hay modificaciones que valgan. Y eso es lo que voy a tratar de hacer…

Hace poco más de tres años que no las veo. Nunca escribí sobre ellas. Creo que si no lo hice fue porque quería que esos recuerdos se me borraran definitivamente, pero pasa el tiempo, pasan las cosas y ellas dos siguen ahí, colgadas de mi corazón con sus sonrisas y sus lágrimas cada vez más dentro de mi alma. Ellas son dos solcitos que alumbran cada una de mis mañanas, a pesar del tiempo y la distancia. La una es Romina, una princesa rubia de once años que por donde camine deja la huella de su prestancia, de su elegancia. La otra es Rocío, otra damita rubia que, con sus casi siete años a cuestas es capaz de demolerte cualquier estructura con una simple sonrisa.

Cuando en 1988 terminé con mi primera novia, no entendí muy bien por qué había sido, el caso era que se había terminado. Nos conocíamos desde hacía seis años y habíamos vivido cosas muy fuertes, como por ejemplo el fallecimiento de nuestros padres el mismo año, 1986. Primero el de ella el 8 de febrero, más tarde el mío, y por esas cosas que sólo Dios sabe por qué las hace, también falleció un día 8 pero del mes de Julio, cinco meses después. Esto nos unió muchísimo.

Pero como sucede casi siempre en estos casos… después de que nos separamos, nos distanció un silencio inagotable de once años. Para ella, mi vida durante ese período, pasó desapercibida, se puso de novia, más tarde se casó y tuvo dos hijas Romina y Rocío. Su vida no fue tan mantenida al margen por mí, siempre busqué información, siempre quise saber cómo estaba. Recuerdo que el día de su casamiento por obra y gracia del destino, fui yo quien la escoltó, salí de mí casa media hora más tarde de lo previsto y sin quererlo llegué detrás suyo a la iglesia. Estaba preciosa. Más tarde me fui enterando de los nacimientos de sus hijas y siempre había guardado muy dentro de mí el sueño de conocerlas. Eran sus hijas y tenía muchas ganas de ver si se le parecían, de saber si tenían sus gestos, su sonrisa. Mi deseo era inmenso.

Alguien dijo por ahí: “Hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir”

Y otra vez apareció él. El Destino. Tuve la oportunidad de conocerlas, pero fue un costo muy caro el que se pagó por ello, si sabía que el precio era ese no las hubiera querido conocer jamás. En marzo de 1999 cuando Romi estaba por cumplir cinco años y Roci tenía apenas diez meses de vida, Dios se llevó al papá, lo mismo que había pasado con nosotros les pasaba a ellas. A veces cuando me pongo mal por no tener al mío y me enojo por ni siquiera haber tenido la posibilidad de pelarme con él, pienso en ellas y entonces me doy cuenta que al lado suyo soy muy chiquito, que son mucho más grande que yo, que mi dolor al lado del de ellas no tiene punto de comparación, yo al menos tuve la posibilidad de estar con él.

Finalmente, en agosto de ese mismo año, las conocí. Yo venía de una etapa más que oscura en mi vida de la cual pretendía salir y ellas con toda su mochila cargada de dolor, de muerte y desesperación, paradójicamente, me inyectaron vida. Me bastaba con ver a Rocío sentada en su sillita estirarme los bracitos cuando llegaba para sentirme realmente vivo, completamente feliz. Tengo guardados en mi memoria el fin del año 1999 y el comienzo de 2000 como las mejores fiestas de fin de año de mi vida, las había pasado junto a ellas. Daría la mitad de mi vida por ver otra vez la carita de felicidad de Romi cuando le regalamos su primera cartuchera para el colegio y vio que tenía la imagen de Barbie.

Ellas me enseñaron a ser algo que siempre había querido ser y no lo había logrado, de echo hoy en el 2005, no lo soy y es a ser un poco papá. No puedo sacarme de la cabeza la vocecita de Romi un sábado de 2000, cuando, juntando toda su vergüenza se me acercó y me dijo al oído: “Fer… te puedo decir PAPI.” Fue lo más fuerte que me pasó en la vida. Hoy cinco años más tarde, al recordarlo, no puedo evitar emocionarme y que se me llenen los ojos de lágrimas. Para mí, que había soñado con conocerlas, que Romi en ese momento me eligiera como su papá sabiendo que el padre no estaba y que no iba a estar y habiendo tíos y primos que podrían haber ocupado ese lugar con mucho más criterio e idoneidad que yo, fue el golpe más duro y más dulce que hubiera recibido jamás. Dudo mucho de poder sentir un honor tan grande en todo lo que me quede de vida. Hoy a tres años de no verlas puedo decir con toda certeza que si me hubieran dado a elegir entre conservarlas a ellas o intentar tener mis hijos, no hubiera dudado, me hubiera quedado con ellas.

Hay sensaciones que no se me van, como por ejemplo sus bracitos rodeándome el cuello en un abrazo y besándome en la mejilla. La veo a Romi venir corriendo a saludarme cuando llegaba, la veo a Rocío tirada en el piso haciendo glúteos y abdominales como buena hija de una profesora de gimnasia. Siento las risas de Rocío corriendo detrás mío cuando nos escapábamos de la aspiradora mientras la madre limpiaba la alfombra.

El 20 de mayo cumplí treinta y cinco años, desde los dieciséis que no lo festejaba, a excepción de esos dos años 2000 y 2001 que los festejé con ellas. Romina cumplió años el 12 de Abril y Rocío cumple años el 1º de mayo. Y pagaría lo que sea por compartir con ellas algún momento más de nuestras vidas por pequeño que sea.

No sé muy bien por qué estoy escribiendo todo esto ahora, no sé que nos tendrá preparado el destino, pero yo hace más o menos quince días que vengo soñando todas las noches con ellas, creo que ese es el motivo por el cual escribo. Durante todo este tiempo sentí terror de cruzármelas por la calle (al fin y al cabo somos del mismo barrio), sentía que el hecho de verlas más grandes de lo que mi memoria es capaz de recordar me hubiera hecho sentir decepción por perderme la oportunidad de verlas crecer. Pero eso pasó y no fue tan grave, las vi de lejos y las miré. La vi a Rocío con su trenza larga por la mitad de la espalda y no lo pude creer. Pero no fue decepción lo que sentí sino felicidad por verlas preciosas y bien, claro que me hubiera gustado correr a abrazarlas, pero me pareció que así estaba mejor.

Si tuviera la posibilidad de hablar con ellas una de las cosas que les diría es: GRACIAS por darme vida, por ayudarme a crecer, por regalarme en algún momento sus abrazos, sus risas y sus lágrimas. A Ana, la madre, le diría exactamente lo mismo: GRACIAS por haberlas compartido conmigo aunque más no sea por un tiempo. Me encantaría hacerles saber que nunca me fui, que sigo pendiente. Y que si me necesitan soy incondicional.

Hay mil recuerdos más, pero no quiero abrumar, creo que la esencia está más que clara, quería compartir con la gente algo más de mí. Creo que las historias verdaderamente grandes y que nos llenaron de orgullo, placer y que aún nos emocionan, no está de más compartirlas. Y eso es lo que busco con esto que escribo.

Fernando A. Narvaez