La noche comenzó en la cocina de una casa con una extraña fusión de Whisky importado y Coca Cola. Era una verdadera herejía mezclar ese Whisky con cualquier cosa, pero al dueño de casa poco parecía importarle ese detalle. El tamaño del vaso era equivalente al de un florero, en realidad era precisamente eso, un florero que hacía las veces de vaso.

Mi amigo Claudio había logrado llevarme, después de haber hecho un curso intensivo en THP (Técnica de Hinchar las Pelotas). Yo estaba saliendo de una relación de varios años y si a eso le sumamos que mi día laboral había comenzado a las 6:30 AM y luego del trabajo había ido con mis compañeros a descargar tensiones detrás de una pelota de fútbol, malditas eran las ganas de ir a una fiesta a la cual, asistía de colado y sin conocer a nadie, a excepción clara de Claudio. Pero la efectividad del curso de éste chaval fue tal, que no tuve opción.

El dueño de casa, un médico importante, tenía el garaje de la casa acondicionado para la ocasión, no sólo con la mesa larga muy bien dispuesta y la pileta del lavadero colmada de bebidas ahogadas en hielo, sino que también el garaje contaba con un “cuartito/habitación” con dos sillones. Pensé en la rareza de la distribución pero no le di mayor importancia.

El caso es que mientras el florero circulaba entre los asistentes de dicha cocina, se empezó a hacer el raconto de quiénes estaban y quiénes faltaban llegar. La noticia: ¡Viene Adriana con la Amiga! Soltó uno mientras bebía del portaflores. En el fondo de la casa las brasas crepitaban mientras acariciaban y le daban color, sabor y nostalgia, a una importante cantidad de vacío, chorizos, pollos y demás vituallas que configuran un gran asado. El asador invitó a bajar y tomar posiciones en la mesa.

El dueño de casa, al notar mi “timidez”, me arengó haciéndome propietario de la pileta en la cual las botellas de vino y cerveza manoteaban al viento su falta de oxígeno: ¡Son tuyas! Si ves que se ahogan , sácalas y mátalas para que no sufran ¡No pidas permiso!” Me sentí como en casa y comencé a soltarme.

El comentario de la noche seguía siendo: “¡Faltan Adriana y su Amiga!” ¿quién era esa Adriana que tanto la esperaban? Más tarde supe que, en realidad, esperaban a la Amiga. Pocos conocían su nombre pero todos estaban pendientes. Yo conocí su nombre tres días más tarde.

La noche avanzó entre chorizos, cerveza, vacío, cerveza, ensalada mixta, cerveza, cerveza y cerveza. De repente caí en la cuenta que estaba sentado en un rincón alejado de la mesa junto a Claudio y que estábamos rodeados por un racimo de media docena de mujeres. ¡Todas hablando con nosotros!: – “Claudio ¿todas estas minas están hablando con nosotros?” – “Callate, boludo ¡seguí mintiendo!”

Claudio es el típico galancito novelesco, carismático y simpático por naturaleza. Pero ¿yo?. Mirá ¿Cómo te explico?: tengo que pasar dos veces para hacer sombra, peso 50 kg mojado, me dicen cucha de perro ya que soy puro hueso y trapo. Lo único que destacaba en esa época era que contaba con 26 jóvenes añitos y mi pelo me atravesaba la espalda rozando mi cintura y, de detrás del oído izquierdo, me colgaba una trenza muy delgada que terminaba con un engarce de piedras. Toda una novedad en aquellos años (1996). Eso era lo destacable junto, claro está, con la cerveza que empezaba a soltar mi desfachatez.

En ese momento sonó el timbre. Y sí. ¡Habían llegado! Adriana y la Amiga, una de las dos llevaba un pantalón de jean color naranja. Te imaginarás que estando rodeado de seis mujeres, poco podían importarme dos.

La velada siguió. Más tarde comenzó el baile, era todos contra todos, no importaban las parejas. El espectáculo siguió con la clásica rueda de chistes, en la cual destacó Claudio con su histrionismo. Como yo lo conocía hacía unos cuantos años, le daba los pies y él remataba. Habíamos montado un mini show.

Volvimos al baile. Ya lo había notado antes y ahora lo confirmaba, todos perseguían unos pantalones de jean naranja.

Poco a poco mi cansancio fue ganándole a mi lucidez, me serví lo último que quedaba en una botella de vino, me prendí un cigarro y me senté en una silla a descansar las piernas. Me dormí sentado.

El humo de aquel cigarro había traspasado mi garganta tan solo una vez. Se consumió entre mis dedos de igual manera que el del protagonista de “The Wall”. Luchando contra la mismísima ley de gravedad, la ceniza permanecía erecta a la espera de una flor en forma de cenicero para acabar dentro de ella.

Abrí un ojo como impulsado por un Ángel y vi claramente como una mano se acercaba a la mía, la sacudí y arrojando la ceniza al piso dije, haciendo abuso de todo el romanticismo natural en mí: “¡Te cagué, guacha!”. Ella me dijo: “¡Te ibas a quemar!” Nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Llevaba pantalones de jean naranja.

Me despabilé. Sacudí la modorra y decidí que era hora de retirarme a descansar, al otro día me esperaba una nueva jornada laboral. Claro que antes me iba a tomar el último vaso de vino, ya no quedaba cerveza. Mientras bebía dicho elixir y le comunicaba a Claudio mi retiro, un dedo índice me golpeó en el hombro: “¡Quiero hielito!” me dijo. Ganó mi escepticismo: “¿¡Perdón!?” – “¡Si, quiero hielito!” – “¡Ok!” Fui hacia “mi pileta” y le traje un cubo de hielo y se lo puse en la mano. Con Claudio nos mirábamos sin entender el pedido.

Pasó un tiempo considerable y, mientras seguíamos hablando, volví a sentir el índice en mi hombro: “¡Se me acabó!” – “¿Qué cosa?” – “¡El hielito! ¡Quiero más!” – “¡Ufa, nena!” Sacando de mi vaso el hielo que tenía (sí, vino con hielo, a esa altura no importaba nada) le dije: “¡Tomá! Ahí tenés” – “¡Gracias!” Y se fue.

Claudio se hartó: “¡Basta! ¡Ya está! ¡A lo tuyo!” Entonces caí en el detalle de que se me estaba calentando el vinito. Ahora fue mi dedo sobre su hombro: “¿Me devolvés mi hielito?” Se lo sacó de la boca, lo tomé y lo puse en mi vaso.

Volví con Claudio y noté que entraba en pánico. “Ahí vamos otra vez” – dijo. El dedo otra vez, “¡Me sacaste el hielito y no tengo más! ¡Quiero HIELITO!” – “¡Ah! ¿Querés hielito?” La agarré de la mano y la arrastré hasta la pileta, tomé otro hielo y metiéndomelo en la boca balbuceé: “¡Acá tenés hielito!” Se lo bebió de un sorbo, nuestras lenguas lo fundieron en escasos dos segundos, y mientras nos uníamos en un abrazo interminable mi mano reconoció inmediatamente la forma preciosa de aquel pantalón de jean naranja. Comprendí al instante porque había sido esperado por todos, toda la noche.

Claudio nos metió de prepo en el “cuartito/habitación” de los sillones y entendí de forma tajante su función.

¡Me odiaron!. El colado desconocido se había llevado, sin quererlo, al ejemplar más pretendido de la noche.

Nos despertamos a la mañana siguiente, en una cama extraña con una cara extraña al lado, pero ambos con la certeza de haber amado.

Su nombre, como dije antes, lo supe tres días más tarde.

Esa noche duró tres años. Hubo peleas, proyectos, decepciones, besos, abrazos, discusiones, esperanzas, etc. Pero sobre todo hubo AMOR.

Fernando a. Narvaez 

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