La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, a Eugenio Tallarico lo sorprendió a las tres de la tarde. No tenía claro cuánto había dormido. El cuerpo le zapateaba un malambo en el alma y la cabeza le repicaba como un bombo. Trató de entender de qué forma había llegado hasta aquel parque, pero toda su noche anterior, solo se le hacía presente en forma de “polaroids”, en instantáneas de sentimientos. Intentó deshacer sus pasos pero le resultó imposible. Acarició el recuerdo de las risas de su hermano Pablo y de sus amigos. “¿Dónde estaría Pablo en este momento?” – pensó.

El reloj le marcaba las tres y cuarto de la tarde. Entre mareo y resaca recordó que a las cuatro de la tarde jugaba su River Plate amado. Comenzaba a reconocer el lugar en el que estaba y le pareció que estaría muy bien ir al bar donde siempre se juntaba con sus amigos y su hermano a ver al Millo. Al llegar vio que no había nadie y que el partido tampoco lo estaban pasando. “¡Cierto que se pasó para el martes!”

La primavera venía asomando su hocico en forma de rayos de sol templados. El día estaba hermoso para caminar toda la tarde. Agarró su celular y se dio cuenta de que no le quedaba batería. “¿¡Para que mierda tengo esto!?” – masculló entre dientes, mientras se disponía a buscar un teléfono público para avisar en su casa que no llegaría hasta la noche.

Empezó a caminar decepcionado por no haber encontrado a sus amigos, pero reconfortado por aquel sol primaveral. Se sentía liviano, no tenía hambre y se dedicó un tiempo para pensar. Se acordó de Aurelia, su novia de toda la vida. Él tenía 28 años y la conocía desde los 8. Hacía dos años que no se veían ni se hablaban. Nunca tuvieron en claro por qué. Sin darse cuenta empezó a caminar en dirección de su casa. “¿Y si le toco el timbre? ¿Qué puedo perder? ¡Peor no puedo estar!”

La “Tripy”, así se llamaban entre ellos, vivía enfrente de una plaza en la zona de La Paternal. Eugenio encaró rumbo a su casa desde el rincón opuesto de la misma, cruzándola en diagonal y la vio cuando subía al auto de su padre. Un segundo antes, ella miraba sin ver a través de la plaza, directamente por donde él se acercaba. Eugenio notó, o quiso creer, que de sus ojos brotaban lágrimas. Su corazón fue invadido por la pena y la desazón. La Tripy se subió al auto y se alejó.

Él sabía que los domingos familiares de Aurelia eran sagrados, al mismo tiempo recordaba que esos días, arrancaban mucho más temprano. Se preocupó y decidió esperarla.

Nunca se imaginó que jamás la volvería a ver en esa plaza.

Para hacer tiempo fue hasta la casa de su tía Chiny, “No estaría mal tomar unos mates con los primos y llenar el estómago”

Pero al llegar, vio que tampoco estaba su auto. Tocó el timbre en el viejo caserón, solo aulló su respuesta el viejo Tantor, el mastín de su primo.

Volvió a la plaza decepcionado. Sus amigos no estaban en el bar, la Tripy se había ido en familia y sus primos no estaban. “¡Pablo! ¿Dónde estaba Pablo?”

Sentado en un banco y viendo jugar a los chicos, los recuerdos se le cayeron de la estantería más alta de la biblioteca de la memoria. Recordó sus tardes con Beto, su padre, y con su Pablo del alma. Su padre siempre los llevaba a jugar a la pelota. Hacía un par de años se habían mudado, pero en ese parque habían crecido.

El tiempo fue pasando rodeado de emociones, de risas y de goles convertidos entre los dos árboles que hacían las veces de arco. Se le insertó en la memoria la época en que Pablo, estuvo internado tres días en observación después de que él lo hubiera tirado del tobogán, haciéndole pegar la cabeza contra el piso. Pablo había perdido la conciencia y lo habían hospitalizado de urgencia a los 7 años. La culpa se hacía presente a cada instante en su cabeza y en su corazón. Siempre era igual y lo invadió un extraño sentimiento. “¿Dónde estaba Pablo ahora?”

Cuando aquel hombre se sentó a su lado eran más de las 20. “Hace más de tres horas que estás acá sentado” – le dijo el sujeto. El tipo estaba sentado junto a él hacía más de dos horas, su presencia Eugenio no la notó hasta que lo escuchó. Su voz le dio una mezcla rara de sentimientos: por un lado le infringió nerviosismo, pero por el otro, absoluta calma. “¡Estoy esperando a la Tripy!” – le respondió Eugenio con un asomo de lágrimas en los ojos. “No es éste ni el momento ni el lugar donde vas a volver a verla ¿No es tiempo de que vuelvas a tu casa?

Eugenio no entendió cómo ni por qué, pero se levantó y comenzó a caminar rumbo a su casa. Se había mudado pero a unas 15 cuadras. El corazón empezó a latirle con fuerza. Esa voz le había despertado malos presentimientos.

Las malas noticias circulan con la fuerza de un huracán. Los pies no le daban respuesta y al llegar a la vuelta de su casa, oyó a una vecina que le decía a otra: “¡Lo del chico Tallarico es terrible! ¡La familia está destrozada! Dicen que lo encontraron muerto en un parque, pero no sé bien qué fue lo que pasó”

“¿¡PABLO!? ¡NOOOOOO!”

Corrió sin llegar jamás, esas dos cuadras no pasaron nunca. Los recuerdos se le agolpaban. Y, otra vez, LA CULPA “¿Cómo no pude quedarme con él anoche? ¿Qué le había pasado?”

Se sentó a dos puertas de su casa y lloró. No quería entrar. Pablo estaba muerto y él no había aparecido en todo el día ¿Qué le diría a su familia? Vio que estaba el auto de la Tripy y el de su tía Chiny. Escuchó las voces de sus amigos en el jardín de su casa.

– “¡Tenés que ver la realidad!” – le dijo la misma voz de la plaza – “Entremos, yo te acompaño”
– “¡No quiero ver a mi hermano muerto!
– “¡Vamos!”

El hombre lo tomó del brazo, lo ayudó a levantarse y lo condujo hasta la puerta de su casa.

No miró a nadie, fue directo a la habitación donde estaba su hermano, solo Aurelia lo siguió con la mirada.

Tomó aire frente a la puerta y sintió el aroma de las flores que se escapaba del recinto. Respiró hondo y entró.

El corazón le dio un vuelco. Pablo estaba allí llorando. Lloraba de rodillas junto al cajón. Eugenio comprendió todo. Fue el momento más feliz de su muerte, Pablo estaba bien. Lo invadió la PAZ y la culpa se desvaneció, lo besó en la cabeza sin que su hermano lo notara y se fue.

Afuera todo el mundo estaba triste, solo una persona lo miraba sin verlo

– Siempre te amó y no va a dejar de hacerlo, es una lástima que ninguno de los dos lo haya dicho antes – Le dijo, otra vez ese hombre
– ¿Y vos quién sos?
– Por ahora, llamáme Milton.

Fernando a. Narvaez