– ¡Hola, buenas noches! ¿Se encuentra Poly?
– ¡Sí! ¿Quién le habla?
– Ariel
– Un segundito, por favor

La voz de Germán temblaba en el auricular, le había estado dando vueltas en la cabeza este llamado durante los últimos tres meses. Siempre se preguntaba cómo era posible no olvidarse de ella. Hacía algo más de un año habían hablado, también por teléfono y ella le había contado que estaba embarazada y que se había ido a vivir con su pareja. Si bien no se había casado, para él daba igual. No estaban juntos.

Por su parte, él a estas alturas estaba saliendo de una relación que le consumió casi tres años de su vida. Después de aquellos tiempos junto a Poly, había logrado estabilizarse emocionalmente y llevar adelante su nueva relación. Pero al momento de este llamado, todo aquello ya no existía.

Había estado buscando el momento, no tenía su nuevo teléfono pero así lo hubiera tenido no quería incomodarla. Había pasado en un par de oportunidades por el lugar donde ella trabajaba sin ningún tipo de suerte, a excepción de la mala, claro. Tenía que encontrarla en la casa de la madre. Pero, ¿cuándo? Debía ser un día en el que ella estuviera de visita. Y sabía que era ese domingo. Domingo de pascuas. No sabía si ella iría a ver a la madre, tenía el cincuenta por ciento de posibilidades, dado que la pareja de Poly, también tenía familia. También, ella podía no estar en buenas relaciones con la madre. Busco en su mente todas las peores posibilidades, pero en su corazón había una sola. Encontrarla

– ¡POLYYYYY! – gritó su madre
– ¿QUÉÉÉÉ?
– ¡TELÉFONO!
– ¿Quién es?
– Un tal Ariel
– ¡QUIÉN!

Para Poly no hizo falta más. Escuchar el nombre Ariel, le había desbocado el corazón. Ella sabía que era Germán, lo presentía desde que el teléfono sonó y no lo podía creer. En los dos segundos que tardó en atender el teléfono, una catarata de recuerdos, emociones y sensaciones, la recorrió a modo de corriente eléctrica, entre su corazón, su cabeza y sus pies.

Desde nuestro mundo habíamos estado trabajando junto con Iael, en ver la manera de inyectar en ellos el deseo de volver a verse. Y el objetivo estaba cumplido. A ella también le estaba dando vueltas en la cabeza la idea de llamarlo, solo que se iba a tomar un tiempo más.

Poly tomó el teléfono temblando, del otro lado Germán estaba hecho un cubano en el polo sur.

– ¡Hola!
– ¡Felices pascuas! – intentó decir Germán
– ¡NO TE PUEDO CREER! – gritó ella escondiéndose detrás de su risa nerviosa – ¡Gracias, igualmente! ¿Ariel? – preguntaba mientras no paraba de reír
– Sabés perfectamente que me hubiera gustado llamarme Ariel – dijo él tratando de articular las palabras
– ¡Sí! Lo sé, por eso sabía que eras vos

Hablaron alrededor de cuarenta minutos, se pusieron al tanto de todas sus cosas. Poly ya no trabajaba en el mismo lugar, aunque seguía haciendo el mismo trabajo. Germán por su parte le contó que la empresa para la que trabajaba había cerrado, ahora estaba vendiendo alarmas en la calle, trabajo que si bien le gustaba, le consumía muchas horas del día.

Poly, obviamente, le contó que a pesar de todo era feliz. Había sido mamá.

Una de las cosas que adoraba Poly de Germán eran sus dibujos y moría por las cosas que él le escribía. Pero Germán hacia tiempo que había dejado de hacerlo, lo último que había escrito fue una carta que escribió para ella, carta que jamás le llegó porque él la había dejado en el baúl de su auto. Auto que había vendido hacía dos años y, con el auto se fue el recuerdo, no solo de la carta sino de la primera vez que habían hecho el amor. Y de muchas risas de ella y de infinidad de escapadas clandestinas en soledad.

Pero lo más importante fue que Poly se enteró que Germán estaba solo, que su relación con la novia se había acabado. Por su parte Germán se hizo eco de que Poly no estaba de casualidad en la casa de la madre, sino que ella vivía nuevamente allí. Se había separado y había vuelto a la casa de la madre, a su casa.

Sus corazones palpitaban con más fuerza. Tenían ganas de encontrarse, volver a mirarse a los ojos, sentirse nuevamente, abrazarse, besarse. Pero la prudencia de ambos, en esta oportunidad, se hizo presente y dejaron sus impulsos a un costado. Aunque todos sabemos que eso no podía durar mucho. Se despidieron con la promesa de volver a hablar en los próximos días.

Para mí, al igual que para ellos, comenzaba una nueva etapa. Tenía que delinear bien el plan a ejecutar, no podía volver a fallar. Creí que en esta oportunidad estaban dadas todas las circunstancias. Lo llamé a Iael y lo pedí de reunirnos para contarle las novedades y tratar de que me ayude a trazar el nuevo plan.