Hacía una semana la nostalgia le marcaba el ritmo en el corazón y en la cabeza. Se sentía angustiada. Los momentos vividos con Eugenio se le repetían incesantemente, como un martillo neumático que pretende penetrar en el asfalto. Ella era eso, asfalto, duro y virgen, nunca un colectivo le había arrojado su peso ni la había manchado con gasoil. Su orgullo, torpe por supuesto, la había convertido en una roca. Siempre se sintió desprotegida ante la posibilidad de que su boca dijera “¡Te amo!”

Prefería la indignidad de la soledad ante la majestuosidad del amor correspondido y compartido. Todo por no querer asumir sus sentimientos.

Esa semana, los recuerdos estaban por ponerla de cara al mayor arrepentimiento de su vida.

Se habían conocido en el colegio primario. En un recreo él pateó una pelota de papel envuelta en una media y fue a dar de lleno en la cabeza de Aurelia. Por más insultos que ella le propinó, ya era muy tarde. Sus ojos se habían cruzado.

Aurelia era compañera del hermano menor del futbolista. Pablo siempre fue el nexo entre ambos. El tiempo pasó y con él fueron creciendo.

Durante los últimos días la "Tripy” pensaba todo el tiempo en la noche del 1º de agosto de 1987. esa noche había ido con los hermanos Tallarico y unos cuantos amigos más a patinar sobre hielo. Todo iba bien para ellos hasta que Pablo gritó: “Euge, la Tripy no sabe patinar sobre hielo ¿le enseñás?” – “¡¿Yo?!” – dijo Eugenio – “Sí, vos, TA-RA-DO ¡Enseñále!” – replicó Pablo.

Eugenio tembló de pavor por primera vez en sus 17 años cuando Aurelia lo tomó de la mano. “¡Dale, enseñáme!” – susurro la Tripy.

No patinaron. Flotaron. Hasta que la Tripy, fingiendo tropezarse, quedó arrinconada por él contra la baranda. No hubo tiempo para preámbulos. Mientras se miraban, él intentó decir: – “¡Te quiero!” – ella trató de responderle – “¡Yo también!” Fue el beso más caliente que se haya dado sobre una pista de hielo. Volvieron caminando todo el tiempo de la mano, y todo gracias a Pablo.

Si bien estuvieron separados mucho tiempo a intervalos regulares, los dos se consideraban novios eternos. Las distancias siempre tuvieron, como factor común, al orgullo. Cuando alguno de los dos se sentía demasiado expuesto daba un paso al costado. Ya era una constante.

La última distancia la había impuesto ella. Eugenio había tratado de acercarse y Pablo intentó mediar. Ella no lo permitió. Esa semana, Aurelia empezaba a flaquear, a sentirse vacía sin él. Pero no iba a permitirse caer en la tentación. Los recuerdos se le agolpaban y con ellos, una angustia que le era totalmente inesperada e insoportable. Ella sentía que debía ser más fuerte que la sonrisa que le quitaba cada momento revivido en su corazón.

El sábado se despertó con la necesidad de sentir su abrazo. Sabía por Pablo que Eugenio no estaba solo. No le importó y llamó a la casa. Pablo le dijo: “Yo me estoy yendo, hasta la noche no lo veo, pero vuelve en un rato ¡LLAMALO!”. Se sintió decepcionada y con bronca. “No lo llamo ni en pedo” se dijo. Dio vueltas por su casa todo el día como anestesiada. No coordinaba. La lucha entre su corazón y su cabeza era incesante. Por un lado su amor, por el otro, su orgullo.

Se hicieron la nueve de la noche y levantó el tubo del teléfono. Atendió la madre:

– ¡No, mi amor! Recién salió para encontrarse con Pablo. Hace dos minutos se fue. ¿Cómo está tu Familia?
– Bien, gracias. ¿Le avisa que lo llamé?
– ¡Sí, querida! ¿Cómo no hacerlo? Vos sabés que él te quiere mucho
– ¡Yo también, por eso lo llamo!
– Dijo Aurelia sin poder contener la emoción
– ¡Ojalá se pusieran de acuerdo!
– Un beso y saludos a Beto

Aurelia llamó a su amiga Belén y se fue a tomar algo con ella por ahí. Cinco minutos más tarde, Eugenio le respondía el llamado. Aurelia se enteró del mismo cuando llegó a su casa y vio una nota de su madre: “Te llamó Eugenio. Mañana te llama. Mirá que nos vamos temprano a la quinta. Un beso, Mamá”

La mañana del domingo 4 de septiembre de 1998, a Aurelia Taborda la sorprendió a las doce del mediodía envuelta en un sudor frío y con una terrible pena en el corazón. Cuando consultó la hora y vio que ya era demasiado tarde para su domingo familiar, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. “¡Algo pasó!” – pensó. El presentimiento de algo trágico dormía acurrucado a los pies de su cama. Se levantó y fue a la cocina. Cuando vio la cara de su padre y las lágrimas de su madre, no tuvo que pensar demasiado:

– ¡Eugenio! ¿Qué le pasó a Eugenio?
– Pablo llamó hace una hora
– dijo su madre tratando de calmarla – dijo que lo habían encontrado muerto en una plaza.

Al escuchar la palabra “muerto”, la Tripy se desmayó.

Cuando recuperó el conocimiento estaba acostada en un sillón mientras un médico le tomaba el pulso y le aconsejaba reposo. No hubo fuerza ni poder, natural o no, en el mundo capaz de detenerla. Tenía que ir a su casa y obligó a su padre a llevarla. Eran casi las cuatro de la tarde y Aurelia, con un par de lágrimas en los ojos, miraba sin ver a través de la plaza, deshaciendo el camino que él siempre hacía en diagonal atravesando el parque para tocarle el timbre.

Sintió que si no hubiera sido por su orgullo, tal vez hoy, Eugenio estaría con ella “¿Por qué di tantas vueltas?” Nunca comprendió que en esta vida, si es que existe otra, no era el momento de ellos. Que las cosas se dan porque deben ser así y que en la vida estamos para aprender todo el tiempo. A veces las lecciones son más que duras. Ahora Aurelia entendió que su orgullo solo le sirvió para provocarle el dolor más grande de su vida. Ella comprendió en esa semana, qué era lo que quería. Quería a Eugenio. Lo bueno es que lo supo antes de perderlo definitivamente. Lo malo fue que el orgullo, la casualidad y el destino le impidieron tomarlo.

Más allá de las ocho de la noche, sintió que una presencia invadía la casa de los Tallarico. Siguió con la mirada, sin ver, un punto en el espacio. En ese momento escucho su voz:

Eugenio siempre te amó y no va a dejar de hacerlo, es una lástima que ninguno de los dos lo haya dicho antes.
– ¿Y vos quién sos?
– Eso no importa ahora. Por el momento no volverás a verme

Fernando A. Narvaez