La mañana del sábado 3 de septiembre de 1998, a Pablo Tallarico lo sorprendió a las diez, un rato antes a cualquier sábado normal. Nunca imaginó que iba a ser el día más largo de su vida. Un día de poco menos que 72 horas.

A la una de la tarde llegaba su novia uruguaya. Lorena era una morena preciosa que le había arrebatado el pensamiento, el sentimiento y el corazón a pesar de la distancia. Se veían cada quince días, a veces una vez por mes. Pero ese día era muy esperado por él, porque además de la llegada de ella, el domingo cumplían dos años entre ellos y su trajín. Ése sábado pasarían toda la tarde juntos. Luego de una breve visita de Lorena a lo de los Tallarico, se irían a poner al día con sus deseos atrasados. Más tarde irían a celebrar, junto con Eugenio, el cumpleaños de Rodrigo, un amigo en común.

Alrededor de las dos de la tarde sonó el teléfono en lo de Pablo.

– ¡Hola!
– ¡Pablo, habla Aurelia!
– ¡Tripy! ¿Cómo estás?
– ¡Bien, Negrito! Perdóname ¿Eugenio está?
– No, se fue a jugar al fútbol
– Sí, lo imaginé
Yo me estoy yendo, hasta la noche no lo veo, pero vuelve en un rato ¡LLAMALO!
– Ok, Pablo, te mando un beso y ¡Gracias!
– Otro para vos

A las cuatro de la tarde Pablo y Lorena se fueron a recorrer la ciudad. El tiempo lo fueron degustando entre abrazos, besos y caricias constantes. Cada encuentro era una expresión de testosterona y feromonas danzantes entre sus cuerpos, se amaban y se enamoraban cada vez más. Habían aprendido a ganarle a la distancia.

Así fue que, entre besos y caricias, Pablo se acordó del cumpleaños de su amigo. Eran las diez de la noche y había quedado con Eugenio en que lo pasaría a buscar con el auto alrededor de las ocho y media. Cuando llamó a la casa hacía una hora que el hermano se había ido. “Cuando lo veas a Eugenio, decile que lo llamó La Tripy” le dijo la madre.

El cumpleaños se festejaba en un bar del barrio de La Recoleta. Cuando Pablo y Lorena llegaron eran pasada las once. Eugenio ya estaba hacía un rato en el lugar.

– ¡Está bien, mono! Dejá que vengo solo – Le dijo Eugenio con sorna
¡Perdóname, me colgué! No me di cuenta de la hora
– ¡Andá a cagar, boludo! ¡Está todo bien! Te entiendo
– Igual tengo un regalo para vos
– dijo Pablo esbozando una sonrisa – hoy a la tarde te llamó Aurelia y hace un rato, cuando hablé con “La Vieja”, me dijo que te avise que había llamado La Tripy. O sea La Tripy es igual que Aurelia, con lo cual, te llamó dos veces en el mismo día.
– ¿De verdad me decís?
– ¡Claro salame! ¡Andá a llamarla!
– ¡Ya vuelvo!

“Mi hermano es un pollerudo pero ¡cómo lo entiendo!” le comentó Pablo a Lorena mientras le arrebataba otro beso.

Cuando Eugenio volvió, decepcionado por cierto, comentó que no la había encontrado pero que la llamaría al día siguiente.

La noche pasó entre copas, música y baile. El desparpajo de Eugenio y Rodrigo le había hecho ganar, a su mesa, unas cuantas consumiciones sin cargo.

Cuando la velada se consumía y los primeros rayos de sol arremetían contra los ventanales del lugar, decidieron emprender la vuelta.

– Vamos Euge que te alcanzamos – dijo Pablo – nosotros después nos vamos a dormir por ahí
– No Pablín, dejáme caminar y tomarme un bondi que quiero pensar
– ¿La Tripy?
– ¿Y qué te parece? Hace dos años que no sé nada de ella y en un día me llamó dos veces.
– Bueno, como quieras, pero aunque sea te alcanzamos hasta Avenida Las Heras
– ¡Dale!

Al llegar a la avenida se despidieron con abrazos, besos y con la promesa de comer un asado tardío en lo de los Tallarico en honor a Lorena.

Cuando Eugenio llegó a la parada del colectivo en Parque Las Heras, había dos hombres esperando.

Pablo y Lorena hicieron cuatro cuadras con el auto y se cruzaron con tres coches policiales en dirección contraria. “¿A quién perseguirán?” – se preguntó Pablo.

En ese momento sintió una presencia fría en el auto. Miró por el espejo retrovisor y no vio a nadie. Al instante escuchó una voz

– ¿Por qué no vas a buscar a tu hermano?
– ¿Vos hablaste?
– le preguntó a Lorena – me pareció escuchar una voz que me decía algo de Eugenio
– Estás cansado, mi amor y hemos bebido bastante
– ¡Tenés razón, perdóname!
– ¡No me preguntes quién soy!
– volvió a decir la misma voz – ¡No pienso contestar siempre la misma pregunta! Pero ¡Andá por tu hermano!

Pablo clavó los frenos y giró en dirección contraria sin saber qué hacía ni por qué; su novia al lado quedó perpleja ante la maniobra inesperada. Una extraña percepción se apoderó de él. Hicieron diez cuadras y frente al parque se encontraron con el peor espectáculo de sus vidas.

Las tres patrullas estaban de frente a una parada de colectivo; unos metros más adelante, ya en el césped, yacían tres cuerpos. Dos de ellos estaban muertos, el tercero agonizaba.

Al parecer una de las balas tenía labrado el nombre de Eugenio Tallarico, la misma se le había incrustado en el pecho destrozándole los pulmones y lastimándole el corazón.

Cuando Pablo llegó a su lado, Eugenio estaba aún con vida. Llorando lo tomó de la mano.

-¿Qué pasó?
– Nunca te pedí disculpas por lo del tobogán
– ¡Qué decís, boludo!
– ¡Mandále un beso a Los Viejos!
– ¡Callate! No hables que ya vienen los médicos
– No hay tiempo, Pablín. Ya no estoy. Decile a La Tripy que siempre la amé y que no voy a dejar de hacerlo. Aunque se lo tendría que haber dicho antes

Fueron las últimas palabras de Eugenio. Pablo no se apartó de su hermano. Unos metros más atrás, Lorena lloraba de rodillas.

Para Pablo Tallarico la mañana del sábado terminó recién el lunes, cuando a las diez de la noche su cuerpo lo tiró contra el colchón. Nunca dejó de sentirse culpable por no haber llevado a su hermano. Nunca comprendió que Eugenio había terminado de escribir su historia personal. Eugenio ya no pertenecía a este mundo.

Lorena no volvió a Uruguay. Se quedó con Pablín

Fernando A. Narvaez