La película de mi vida se proyectó por un segundo en mi mente. Siempre me dijeron que antes de la muerte era así. Veo imágenes en blanco y negro, escenas que simulan estar escapadas de un film de Charles Chaplin. Ojalá fueran polaroids, instantáneas sin movimiento; pero no es así, se mueven, me hablan y no me escuchan. Me siento y me reconozco mudo. ¿Cuándo terminará este segundo?

Veo a mi padre llegar a casa despotricando contra el chofer del colectivo y le pregunto ¿Por qué no te compras el auto? Porque tu padre es el que tiene plata el mío nunca tuvo , me responde.

Veo que voy junto con mi hermano en su 4×4 a buscar mi camioneta nueva. Salíamos del Club de Campo. Más tarde volveríamos al Country para terminar de organizar la fiesta a la que habíamos invitado a trescientas personas. ¡Teníamos contratado al mejor DJ! ¿Dónde estará mi hermano ahora?

En ese segundo veo a los chicos del club cuando nos juntábamos a tomar algo después de jugar algún partido, planificando nuestro siguiente fin de semana en la costa. Los viajes los hacíamos, en el peor de los casos, dos veces al mes. Punta del Este, Pinamar, Mar del Plata. En este momento, también veo las temporadas enteras que nos pasábamos en Las Leñas o Bariloche durante las vacaciones de invierno. ¿Dónde estarán mis amigos, hoy?

En este segundo se me aparece mi madre cuando subió al escenario a recibir mis diplomas, primero el de Bachiller contable y después el de Contador Público. Siempre me dijeron que estudie, que no era necesario trabajar. Mis viejos siempre nos dieron todo, teníamos todo lo que queríamos y lo que no, también. Fuimos muy felices (¿?)

Lo vuelvo a ver al viejo cuando me entregó las llaves de la oficina que me había comprado para que trabajara de contador, ya la había acondicionado completamente. Habían pasado dos meses de haberme recibido y no tenía ninguna experiencia. Pero que ni sueñen que trabajaría, contraté a los dos mejores egresados de mi curso, una secretaria y, mientras yo jugaba al tenis ellos hacían mi trabajo por un sueldo poco mejor de lo normal. Los contactos y los amigos de mi viejo fueron mis clientes, el estudio le llevaba la contabilidad a todos ellos. Fui amo y señor de mi propio reino. Y ahora, en este segundo ¿Dónde quedó todo aquello?

Me vuelvo a ver a los 18 años lavando el auto. Los sábados que no estábamos de viaje siempre era la ocasión de ir a bailar. Lo primero que hacía era invitar a todo el mundo a beber gratis, las mujeres caían a mis pies. Los hombres, por mi éxito con las mujeres, se arrodillaban al verme pasar, era una especie de Mesías, la gloria me acompañaba con su aroma por donde pisara. ¿Dónde está la Gloria en este momento? ¿Tan poco tiempo podía durar? Y las mujeres, ¿dónde quedaron?

La veo a Claudia, en este segundo que sigue existiendo, llorando por encontrarme todo el tiempo con una mujer distinta, siempre la traté de idiota ¿por amarme? La usé y no me importó nunca su cariño aunque me casé con ella. Cuándo nació Luz, la madre y ella estaban hermosas. Claudia le daba de mamar y ella se prendía a la teta bebiendo vida.

No pude con mi genio y a los 15 días me encontraron borracho en un club de campo con dos mujeres. Debido a ser una persona reconocida salí en todos los diarios. Mi mujer no pudo resistirlo y decidió dejarme ésta vez, como no lo había hecho nunca, dejarme. La maternidad le dio la fuerza necesaria para valerse por ella y por Luz.

En este segundo me adivino en Punta del Este pasando una temporada y escuchando el timbre del teléfono. Era mi vieja avisándome que mi padre estaba muy enfermo, En unos días vuelvo, le dije mientras tomaba un champagne, Tu padre está muy grave, dijo ella llorando, No le va a pasar nada, la semana que viene estoy ahí.

A los dos días volví a escuchar el teléfono, nuevamente mi madre, mi viejo había muerto, Ya no puedo hacer nada, dije y me quedé en Punta 20 días más. ¿Dónde estará mi madre ahora?

En este segundo la escucho a Luz, con sus casi diez años, pidiéndome que la vaya a ver bailar. Había estudiado danzas y se presentaba en un teatro. No puedo, hija, tengo una reunión en Puerto Madero con unos empresarios, si todo va bien te llevo a Disney World. ¡Ya fuimos cuatro veces! gritó, Quiero que me veas bailar. ¡No puedo y Punto! ¿Dónde esta mi hija en este segundo?

En este segundo me doy cuenta que nadie me robó el cariño de mi hija, sino que lo dejé escapar por mi ambición.

En este segundo la escucho a Luz llamando papá al empleado de panadería que se casó con Claudia. Tal vez él la haya querido realmente como un padre, el mismo que no encontró en mí. Quizás haya sido el mejor marido para Claudia, pero aunque no pueda pensar eso ¡Bien muerto está!

Siempre me dijeron que antes de la muerte era así, la película de tu vida se te pasa casi completa en ese segundo por la cabeza. Finalmente creo que este segundo llega a su fin, el segundo más largo de mi vida y, seguramente, de mi muerte. Escucho la voz del juez diciendo mi nombre y…

“… queda condenado a la pena de reclusión perpetua”

Y estoy solo con mi segundo. Ni mis abogados quisieron defenderme. Abro los ojos y lo único que me acompaña es la masa con la que le partí el cráneo al empleado de la panadería. Otro segundo fatal que me acompañará por el resto de mis días.

Lo tuve todo, no me había faltado nada, tuve lo que quise y más de lo que me hubiera imaginado. En este segundo de soledad que durará el resto de mis días creo que hasta pude haber tenido amor.

¿De qué me sirvió?

Fernando A. Narvaez
Basado en “Una canción triste” de Enrique Bunbury

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