(Para Rodrigo Garcete)

Y… ¿cómo te fue con la dama?
¡Esa mujer puede conmigo, hermano! ¡Es una criatura muy dulce!
– me respondió

Cuando escuché que estas palabras se le caían de la boca, sentí el golpe de las copas que estaban encima de la mesa que nos separaba. Mi silla tembló. La tierra se estaba acomodando.

Supe que la había encontrado.

Rodrigo es un tipo casi normal, más común de lo que vos y yo podemos serlo. Sencillo, dispuesto a todo por uno. De más está aclarar que es como mi hermano y te aseguro que vos lo querrías tener de amigo.

Busca y re busca entre sus carencias para sacar eso que te pinte una sonrisa en la cara. Créeme que lo consigue.

La vida y él mismo, por qué no decirlo, se han encargado de ponerlo de cara con las mejores y con las peores circunstancias. Había creído encontrar el amor y más tarde se dio cuenta que no siempre lleva el mejor disfraz. Dio el paso al costado en el momento indicado, se había asegurado que al darlo no hubiera nada ni nadie que lo atara a aquella persona, explotó sus dotes de cazador avezado y supo cazar su presa, en este caso la víctima era la libertad. ¿Sufrió? Por supuesto; a veces obtener la libertad es doloroso. Sufrió como cualquiera de nosotros al sentir que el tiempo se le escurrió en silencio, aunque jamás sintió que había sido en vano. Canalizó el duelo y lo aplicó como enseñanza para el resto de sus días. Empezaba a saber qué era lo que no quería.

Pero la vida, maestra fervorosa y ardiente, se empeñó en mostrarle más dolor, más duelos. Le dio otra enseñanza. Al igual que a mí, le puso delante una mujer que no venía sola. Tenía un niño que le dio a Rodrigo una responsabilidad extra. Lo proyectó, en su mente como padre. Uno de esos padres que vos como hijo, quisieras tener. Rió, soñó, flotó, divagó, disfrutó y sobrevivió junto con aquel chico. Sólo los que pasamos por esa experiencia conocemos lo que significa no tener una conexión sanguínea con aquellos que adoptamos desde el corazón. La rotura del lazo es demasiado pesada.

El sueño volvió a evaporarse como una lluvia de rosas que al tocar el suelo, se marchitan y se desintegran.

Se sintió vacío nuevamente. Pero volvió a canalizar y aprendió. Levantó la cabeza nuevamente y junto a ella, su brillo personal.

Pasó el tiempo como cualquier soltero. Buscando, la mayoría de las veces sin encontrarlo, el amor debajo de faldas ocasionales que le brindaron caricias efímeras y superficiales. De esas que cuando se alejan, te dibujan tu misma soledad como un Chagall, esas que te delatan lo vacío que estás. Cabe aclarar que también él, ha roto un par de corazones.

El caso es que el tipo no se rindió. El destino y las casualidades lo juntaron, quizás, con gente egoísta y demasiado omnipotente que lo hirió. En este caso no hablo de la vida en sí, el egocentrismo sólo forma parte de la vida de quien lo practica y lastima a los demás, los eclipsa y no permite que los otros dejen el alma en la cancha por ellos. Rodrigo se jugó por esta gente y le pagaron con basura, por llamarlo de alguna manera.

Anduvo errante por el camino un tiempo. Pero siguió intentándolo, como un caballo que espera el fustazo para emprender la carrera que lo consagre. “Muerto el perro se acabó la rabia” se dijo y volvió a sacar la cabeza, sólo que ahora tenía el corazón tan afilado como los ojos de un Águila. Volvería a poner las fichas a pleno aunque se pegue la cabeza contra el piso otra vez.

“Es una criatura muy dulce” me dijo y supe que había abdicado.

Había llegado a su vida por casualidad, que es la única manera en que nos llegan las mejores personas. Te toman por asalto, te hacen piquetes en el corazón y te formatean el cerebro haciendo que sólo pienses en ellas.

Ese día, el del encuentro, Rodrigo se había preparado como lo podés hacer vos, como sin duda lo hago yo. Seguro estoy de imaginarlo al pegarse esa ducha borra-pasados, sintiendo la satisfacción de estar bañándose, vistiéndose y perfumándose para alguien y no por una cuestión de higiene personal. Lo estaba volviendo a hacer por una “criatura muy dulce”, tal vez, la más dulce que hubiera conocido.

Al momento de nuestro encuentro se habían visto en un par de oportunidades. Me habló, además, de la claridad de su mirada más allá del color de ojos.

RODRIGO: me hace muy feliz escucharte con una nueva ilusión. Saberte otra vez en carrera y dispuesto a darte la oportunidad que te merecés y, además, de darle la oportunidad a dicha “criatura” de tener al lado a un tipo como vos, que sin duda se merece.

Fernando a. Narvaez