Los cristales de la copa estaban esparcidos por todos lados. En la dirección que mirásemos había restos de esa copa que en algún momento tenía labrada la palabra Amor.

Nunca nos dimos cuenta de que eso que sentíamos era como una bomba de tiempo a punto de estallar envuelta en papel de regalo, con moño y todo nunca creímos que fuera a explotar en nuestras propias manos.

Nos dejó ciegos e hizo que nos chocáramos con todo lo que teníamos a nuestro paso. Dejamos de reconocer formas y los moretones en nuestras piernas fueron peores que aquellos que te deja el golpe que siempre, absolutamente siempre, nos pegamos contra el borde de la cama cuando salimos apurados al baño. Como aquel golpe del dedo chiquito del pie contra la pata del banquito que vimos que estaba ahí, pero nunca supimos calcular.

Ni siquiera tuvimos la suerte de que no nos cegara por completo y nos pusiera a los costados de los ojos esa especie de limitador de la visión que le ponen a los caballos de los Mateos. Tan sólo para, aunque más no sea, poder ver nuestros rostros. En mi caso ni tu cara puedo ver.

Nuestro amor estalló y nos dejó sordos, imposibilitándonos así reconocer cualquier tipo de voz. Mucho menos aquellas que nos dicen que ya va a pasar, que ya vamos a conocer a alguien. ¡La re puta madre! No quiero escuchar cosas obvias. Quiero escucharte a vos diciéndome que todo va a estar bien.

Éste estallido nos imposibilitó escuchar el soundtrack de nuestra vida. La voz propia del Amor gritándonos en un susurro al oído que la persona que está al lado nuestro nos ama y viceversa.

No hay voces, no hay ruidos. Silencio. Absoluto, complejo y degradante silencio.

La explosión nos quemó las manos robándonos el tacto. Ya ni siquiera existe esa memoria, la de reconocer a la persona que amamos tan sólo por su piel, por su roce.

Un fragmento de cristal se nos metió en la nariz rompiéndonos las fosas nasales. Emanan ríos de sangre y no dejan de hacerlo. No hay olor, no hay aroma que nos una. No distingo las frutillas de tu piel, la humedad de tu sexo. La boca sirve para respirar pero no para oler.

Y como si esto fuera poco, el polvo de la explosión me dejó un sabor amargo. Mi boca sabe a decepción, a pérdida, a duelo. Las rosas que ayer nos alimentaron las trocamos por un cactus violento que pincha y lastima.

No veo, no oigo, no toco, no huelo y no saboreo. El estallido me dejó sin sentidos. Pero mi mente está clara. Mi corazón lo está mucho más aún. Es como un estado de coma, soy consciente aunque no sirva de mucho. Pero tengo un plan y lo voy a poner en marcha. ¡No debe fallar!

Mi mente y mi corazón harán lo posible por juntar los restos de la copa. No quiero una copa nueva aunque tenga miles al alcance de mi mano. ¡Quiero nuestra copa! En mi mente aún resuenan nuestras últimas palabras: No voy a dejar de amarte jamás.

Esas palabras me darán las fuerzas para pegar los restos. Aunque nunca vuelva a ser la misma copa y esté rasgada, será nuestra. Tendrá grietas, estará ajada; pero la llenaremos otra vez con nuestro amor y tendremos que cuidarla juntos y conscientes de lo que tenemos en nuestras manos. Espero me ayudes.

Fernando A. Narvaez