A ver. ¿Cómo te explico? La verdad, es mucho más fuerte que yo el hecho de que te quedes mirando el agua desde el puente y no ser parte del río que fluye y se pierde en tus deseos. Pero está bien, es una puta condición humana la que nos hace buscar constantemente la paja en el ojo ajeno. Me ha pasado, por eso te lo digo. Durante un tiempo muy prolongado de mi vida me enfermé por celos, sentía que perdía a la mujer que había elegido y lo primero que hice fue creer que había un sorete que me la quería cagar. Predispuse mi corazón de manera tal que lo único que sentía era que ella se predisponía para con el sujeto.
El mundo conspiraba contra mí, estaba aislado por la propia masa crítica y humana que me despojaba de ropas y me dejaba en bolas tirado en un rincón, llorando por supuesto y renegando contra esas dos personas que lo único que querían era cagarme la vida.
En una de esas noches de desvelo, de perdición y de excesos, apareció uno de esos viejos que siempre está en el bar a las mejores horas y en los peores momentos y, mientras le vomitaba mi desgracia y la hijaputez a la que estaba sometido me dijo: "A vos lo que te falta es autocrítica, pibe". Fue lo único que recuerdo de esa noche. ¿Qué me había querido decir aquel viejo?
Hasta que entendí.

Hacía mucho tiempo que mi actitud había cambiado para con ella, me encontraba todo el tiempo pensando en el laburo y en la falta del mismo. La plata. El auto. La luz. El gas. El etc…
Me había olvidado de la flor, del beso en el momento justo, del abrazo que abraza y calienta, de la mirada cómplice y de contención. Pequeñeces que, obviamente, yo creía insignificantes. Las pequeñas cosas. Y no sólo estuvo el olvido, con él vino también la subestimación hacia ella que es uno de los peores males que existe.
De más está decirte que ya era tarde. Muy tarde.

Jamás me había hecho cargo de mis errores, había determinado de manera contundente, que mi mujer (a esa altura no me salía llamarla novia) era una guacha que me quería cagar. Ni hablar del otro tarado, que lo único que hacía era mearme la plantita que yo había hecho crecer, en principio, con tanto amor; más tarde, con una buena dosis de monotonía, falta de ideas y subestimación.

Esto pasa fundamentalmente por la rutina a la que me sometí, me acostumbré a que ella estuviera ahí para hacerme la comida, lavar mi ropa y todas las cosas que hace una verdadera ama de casa. Nunca quise entender que ella también trabajaba y que se merecía el descanso tanto como yo. Jamás me di cuenta que podía halagarla con una comida, aunque fuera un paty, con un vaso de agua extendido a su mano cuando el cansancio la aturdía. Perdí y seguí perdiendo.

Pero lo peor que sentí en ese momento fue el miedo.
Miedo a perderla, a que encuentre en otra piel y en otros labios los besos y las caricias que en un principio supo tener conmigo. Me paralizó, hizo que me entregue y me dormí. Cocodrilo que duerme, nene, es cartera.
Encontró beso, piel, abrazos, palabras dichas en el momento justo, falta de rutina y, sobre todo, libertad. La dejaron ser ella misma y la dejaron crecer.

Hoy me duele por mi ceguera del momento, pero me siento bien porque la sé feliz. No sé si con aquel tipo o con otro, no interesa demasiado, el caso es que esta más bella, radiante y nada jodida. Y créeme que, aunque la perdí, me hace bien saberla completa y plena.

Pero ¿sabés qué? Aprendí. Crecí. Soy un mejor tipo. Hoy mi realidad también es otra. Amo a la mujer que amo. Juego con ella, me divierto. La agasajo. Dejo la rutina para los que no la vivieron y tienen que sentirla para perder y, con esa pérdida, aprendan y crezcan y sean mejores tipos. Que es precisamente lo que me permito con ésta mujer, ser un mejor hombre cada día.

Conocí a mi autocrítica y me senté a charlar con ella largo y tendido. Llegamos al acuerdo de que cada vez que me vea dormirme me va a pegar un buen tirón de orejas.

Nada más.

Fernando A. Narvaez