Trabajé mucho tiempo en mi castillo.
Había contratado al mejor arquitecto, comprado los mejores materiales para su construcción. No escatimé en gastos y trabajaron para mí los mejores capataces y obreros de toda la comarca.
Todo estaba delineado al mínimo detalle, los cálculos eran perfectamente equilibrados.

Me convertí en amo y rey supremo de aquel Palacio. La guardia controlaba los accesos desde los portones, una fosa profunda y ancha lo rodeaba. Los muros altos e impenetrables acompañaban con su seguridad a los arqueros de vista afilada que observaban desde los cuatro atalayas estratégicamente dispuestos. Nadie podía acercarse sin ser visto.
Cercos electrificados.
Campos minados y algún que otro pantano alrededor del foso.
Tecnología de última generación. Sistemas de seguridad computarizados. Cámaras en todos los rincones en apoyo a los guardias.
Una jauría de perros entrenados dispuestos a mutilar y a matar por mí si fuera necesario.

No habría más decepciones. No volvería a exponerme. Nadie podría herirme. La posibilidad de volver a sufrir estaba dinamitada.

Todas las precauciones fueron en vano. De repente te vi sentada a mi mesa frente a mí, sana y salva, inmaculada y radiante. Sonreíste. Abdiqué.

Habías entrado despacio. Convertiste tu cuerpo a la invisibilidad nada variable y desde las torres no pudieron verte.
Avanzaste de forma casi felina y flotaste por sobre los campos minados, los pantanos y el foso.
Le arrebataste la memoria a los guardias con una sonrisa y además los paralizaste.
Con tu mirada eclipsaste los sistemas de seguridad y colapsaste los servidores.
Pasaste los portones de la fortaleza quebrando cerraduras y con sólo un movimiento de tu mano domesticaste a los perros que lamieron tus pies.

Y de un golpe del destino estabas sentada frente a mí. Sonriente, radiante y espléndida; con todo tu armamento que nada tenía que ver con sopletes, aplanadoras, sierras eléctricas, ni martillos. Sólo tu risa, tu promesa de beso, caricias y abrazos.
Desmoronaste mi castillo tan meticulosamente armado.
Tan perfecto era que hasta me tomé el atrevimiento de dejar una ventana abierta lo suficiente como para que te cueles. Y la dejé sabiendo que en algún momento me encontrarías, porque aunque me armé en pos de mi seguridad, nunca paré de buscarte. Jamás suspendí el anhelo de tenerte.

Y mi castillo mostró su estructura. ¡Naipes! Hermosos y muy bien estampados naipes. Baraja perfecta y expectante aguardando tu soplido.

Fernando A. Narvaez

Anuncios