Cuentan que lo vieron perderse en los ondulantes cabellos de una morocha. La vio parada en la estación de Belgrano R; se deslizó sigilosamente desde la calle Echeverría por debajo del andén en dirección a La Pampa y, sin que ella lo notase se enredó en su pelo y se fue a pasear con ella para jamás volver.

Algunos dicen que lo vieron a bordo de la sonrisa de una rubia. No pudo resistir la tentación y, al verla pasar por Av. Corrientes a la altura de Ángel Gallardo, se incrustó en sus labios en dirección al Parque Centenario.

Otros comentan que se disfrazó de chofer de un micro y lo condujo desde Retiro en dirección norte, buscando unos pechos salados y dulces para habitar entre ellos por el resto de sus días.

Más tarde, se supo que en el bar La Perla del barrio de Once buscaba la inspiración que, tal vez, hubiera dejado olvidada Tanguito. Quizás encontrase la fórmula para armar una balsa de madera y así poder irse al lugar que él más quisiera ante la posibilidad de imaginarse solo y triste en un mundo abandonado.

Más tarde anduvo por Villa Urquiza. Se vistió de jazmín y se mezcló entre las flores del puesto que está en Monroe y Triunvirato.

En Villa del Parque tocó todos los timbres y salió corriendo.

Se vistió de Carnaval en La Boca y mojó a todas las damas del barrio con bombitas de agua.

Algunos dicen que ayudó al Beto Alonso en el salto cuando se elevo para hacerle el gol a Boca el día de la pelota naranja.
Otros comentan que era él quien le llevaba la pelota a Maradona mientras atravesaba las murallas inglesas. Unos días más tarde se lo vio junto al Diego en el balcón de la Casa Rosada mientras nos mostraba la Copa del Mundo.

Protagonizó todas las películas que jamás se vieron y, sobre todo, las que nunca se filmaron.

Cantó junto a Charly y a Nito en el Luna, aquel año 1975 del Adiós Sui Generis. La leyenda cuenta que le susurró al Flaco los primeros versos de "Muchacha".
Paseó por el Abasto; primero con Don Carlos, más tarde con el pelado Luca y se tomó unas ginebras. Y cuando estuvo por Saavedra, se bebió unos vinos con El Polaco.

Las crónicas delatan que le habló de laberintos a Borges y que él fue quien le puso en la mano un Zahír. Las mismas cronologías denuncian que le susurró el nombre de la Maga a Cortázar y le habló de una Rayuela.

Anduvo hace mucho tiempo por Rosario y se trajo un pibe llamado Alberto para que nos regale toda su alegría. Le dijo que sería un gran Capitán y lo llamó Piluso. Más tarde le abrió las puertas del cielo, como así también, a Miguel Abuelo diciéndole "Buen día, día".

Jugó todos los juegos. Amó todos los amores. Bebió todas las bebidas. Admiró todo lo admirable. Cantó todo lo que se podía cantar. Escribió todo lo que se debía escribir. Soñó todo lo que vivimos y vivió todo lo que soñamos. Acarició todo lo acariciable. Veneró todo lo venerable. Ejecutó todo lo ejecutable. Imaginó todo lo imaginable. Estuvo donde debía y casi siempre donde no.

Estuvo, está y estará en vos, en mí, en nosotros. Nuestro último ángel siempre estará enredado en nuestro pelo. Incrustado en nuestra sonrisa. Viajará por todos los ríos y todos los mares en busca de amor, con balsas o con barcos. Será flor. Nos tocará el timbre. Nos mojará en carnaval sin importar nuestro sexo. Seguirá gritando goles y levantando copas. Será artista de cine. Será cantante, cantará Tango, Rock, Pop, lo que sea. Nos traerá gigantes. Acompañará a famosos y a nosotros los ignotos. Compartirá todos los vinos con nosotros en un viejo bodegón. Seguirá susurrando relatos brillantes y no tanto como este que escribo. Nos abrirá las puertas del cielo cuando las golpeemos como Dylan.

Nuestro último ángel siempre estará con nosotros, jamás dejará de sobrevolarnos y de protegernos. Solo depende de nosotros que lo dejemos volar.

Fernando A. Narvaez