Hace aproximadamente cinco años, a mis treinta, decidí que era un buen momento para nacer, para ser yo mismo de una jodida vez.

Las personalidades de uno, muchas veces vienen de la mano del fanatismo y de la identificación con alguien. En aquel entonces no faltaba debajo de mi brazo, un ejemplar de alguno de los tomos de "El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien. Me hice llamar y me identifiqué con un tal Gandalf. Me seducía el cambio que producía el personaje entre el Gris y el Blanco, me interesaba cómo Gandalf pasaba de ser un mago gris y común a ser al más grande de todos los magos de la Tierra Media con su blanco inmaculado y soberano. Lo intenté y no tuve demasiada buena suerte. No me desanimé y seguí buscándome.

Unos años más tarde el cambio vino de la mano de un español, un tal Enrique Bunbury ¿te suena? Con su música y sus canciones logró hipnotizarme. Como un divino presagio comenzó a susurrarme tu presencia entre sueños y muté. Pasé de aquel intento de mago blanco a ser un ave de patas largas y cuello torcido. Me convertí en un Flamingos. Con esta transformación llegó el hecho de tener tiempo para mí, cambié de trabajo y empecé a vivir. Tenía en mis dedos un manojo de palabras que de una manera u otra tenía que hacerte llegar. Alguien me habló de los Weblogs, me puse a investigar en el tema y descubrí que eran algo así como unas páginas web gratuitas donde un podía publicar textos, pensamientos, usarlos como diarios íntimos, publicitar sus productos, etc. Así nació Flamingos en Blogia, creció y se desarrollo y pasó a Blogger. Publiqué mis textos y conocí muchas gentes excelentes. Otras no tanto.

Un día leí tu nombre en un comentario. La presencia que tantas noches me susurraron al oído mis sueños estaba ahí, rodeado de flores de todos los colores, el olor de tus frutillas invadió el ambiente y las luces de neón me hacían saber que no tenía opción. No pude evitar el clic sobre él. Nunca imaginé que mi destino sería marcado por un simple movimiento del mouse. Todavía no sé a ciencia cierta qué fue lo que te impulsó a agregarme en tu mensajero instantáneo, quizás un fanatismo oculto por agregar a medio mundo, no lo sé. Tal vez haya sido uno más del montón o, por qué no, un divino presagio.

No dudé en aceptar tu invitación a charlar. Nos conocimos, te conté y me contaste. Una razón muy fuerte me hizo decidir que no eras lo que buscaba para mí. Matamos el tiempo entre charlas frías y laborales, muchas veces estuvimos en línea sin siquiera saludarnos.

El tiempo pasó y con él fue creciendo mi hartazgo de Flamingos, se venía gestando un cambio en mí y necesitaba llevarlo a cabo.

La noche fría del sábado 30 de julio me conecté ya entrado el domingo 31. Ahí estabas vos saludándome. Yo estaba en una transición y me agarraste en el momento justo, dejando de ser Flamingos para mutar en algo. Era el momento de la metamorfosis y esa noche era yo, Fernando, un tipo muy parecido, si se quiere, al Gregor Samsa de Kafka. Fue muy raro, porque esa charla disparó sentimientos y emociones contenidas muy dentro. Mientras nos descubríamos como personas yo mataba a Flamingos, comenzaba lo que iba a ser la conversión entre lo que era y lo que soy. Nacía Maldito Duende y con él, algo indescifrable que no podíamos identificar. El tiempo comenzó a pasar veloz y vertiginoso. Sin quererlo echamos a rodar una pelota de sensaciones barranca abajo sobre la nieve que fue creciendo a cada segundo. Mis textos empezaron a ser teñidos por el hecho de imaginarme a tu lado. Te sentía. Te necesitaba. Sin haberte siquiera olido, te deseaba. Un texto mío no servía si no estaba tu comentario.

Maldito Duende creció y junto a él, nació y se desarrollo el amor que sentimos. Intenté pararlo por ¿respeto? ¡No me dejaste! ¡Gracias! Las ganas se escapaban de nuestra imaginación, los deseos eran más grandes que nuestras pieles. Empezamos a sentirnos. Comencé a pensarte sistemáticamente cada noche. No me despegué de tu foto. Soñaba con tu mirada.

El amor más puro se hacía grande en nuestros corazones que, para esta altura, ya eran uno solo. Y el Duende empezaba a marchitarse, se arrugaba, perdía altura y comenzó otra vez a hacerse pis encima. Envejecía el Maldito bendecido por tus ojos y se gestaba el cambio esperado por mí hacía mucho tiempo.

La semana más lenta de mi vida comenzó la tarde del lunes 5 de septiembre de 2005 cuando me dijiste que ibas a hacer lo imposible por estar el viernes siguiente en Buenos Aires, eras una porteña exiliada en Córdoba. Ya no teníamos retorno, sabíamos que estábamos jugados. Mi promesa de hacerte venir, de que te quedes y de que me sigas estaba por cumplirse. Tu promesa de no negarme ni un beso ni un abrazo estaba a unos días de ser cumplida y comenzó el trabajo de parto.

Pasaron muchas cosas.

Cometí locuras que alteraron el transcurso normal de las cosas, por ejemplo, haber conocido a tu familia antes que a vos. ¡Locuras! Absolutas y bellas que no dudé en cometer. Nunca dudé de lo que sentía, nunca dudé de tus palabras, jamás pensé que besarte y abrazarte moriría en el primer intento.

El jueves 8 de septiembre me fui a dormir temprano. Fue imposible conciliar el sueño. No pude hacerlo. Estaba en el momento de las contracciones.

El certificado de defunción dice que Maldito Duende dejó de existir el viernes 9 de septiembre de 2005 a las 10:30 hs. a la temprana edad de 45 días. Dicen que falleció aplastado por un micro de la empresa El Cóndor que tenía fileteada la palabra Amor en el frente.

Mi nuevo Documento Nacional de Identidad manifiesta que nací el mismo viernes 9 de septiembre de 2005 a las 10:35 hs. Lugar: Estación de Retiro, el mismo lugar donde expulsó su último aliento Maldito Duende. Tu beso y tu abrazo me parieron sin dolor y me dieron un nombre nuevo. Aunque me atrevo a decir que no es nuevo, estoy en condiciones de afirmar que era un nombre completamente olvidado por mí.

Atrás quedaron los Gandalf, el gris y el blanco. Lejos está Flamingos. El Maldito Duende fue mi cascarón roto por vos. Hoy sé quien soy y quien voy a ser el resto de mis días. Fernando Ariel Narváez.

Nena, te amo con toda mi alma y con mi corazón en la mano. Te convertiste en la dueña de mi piel. Ama y señora de todos mis sentidos. Y me despido levantando bien alta mi copa por vos, por mí, por nosotros y por los que vendrán y por este futuro para nada incierto porque sé que mi futuro está al lado tuyo con cada uno de nuestros sueños.

TE AMO NENA

Fernando A. Narvaez