Milton andaba aturdido. Como cualquier ser humano normal, trabajaba durante el día y descansaba por la noche. Tenía la manía de escribir y soñaba con publicar un libro, ya lo tenía listo aunque se hacía difícil publicarlo. Durante el último tiempo no lograba conciliar el sueño. Sentía ruidos toda la noche. Se levantaba sobresaltado jurando que el velador de su mesa de noche se había caído pero, al estirar la mano para encender la luz, siempre estaba en su sitio. Le pasaba algo extraño con sus pantuflas. Siempre las encontraba en el lado opuesto de la cama cuando juraba que no las había dejado ahí. Este tipo de cosas siempre se las atribuyó al cansancio.
Soñaba que le hablaban en la noche y juraba que mantenía el diálogo.

En un bosque de la zona de Ezeiza existe una comunidad de Duendes. Habitan el lugar desde tiempos inmemoriales, son imperceptibles a la vista del hombre común y son quienes protegen a los animales silvestres no sólo del ser humano sino de todo tipo de alimañas. Les curan las heridas y vigilan su sueño durante las noches.
Hace doscientos años un duende soñaba con ser un hombre, negocio que le era totalmente negado, no sólo por su condición natural de duende sino por toda su comunidad. Como consecuencia de este deseo fue expulsado de los bosques por el gran Rey de los duendes que habitan aquel lugar:

Raymi, ante tu deseo de ser un hombre, te condeno a convivir entre ellos por el resto de tus días – así lo maldijo.

Para todo duende que se precie de tal, hubiera sido mejor condenarlo a muerte. Pero para Raymi, nuestro duende maldito, fue una gran satisfacción, si bien no lograría ser jamás un hombre, al menos podría estar entre ellos.
Mucho tiempo fue el que Raymi disfrutó del mundo de los hombres, aunque poco a poco se fue desilusionando del mismo. El hombre y su evolución cada vez más destructiva lo fueron apenando, conoció las guerras, las muertes absurdas y la destrucción. Soñó con su comunidad y con su regreso a ella. Si el Rey de los duendes había pretendido enseñarle una lección lo había logrado.
Decidió volver a los bosques y pedir un indulto, haría lo que fuera necesario para regresar a proteger a las ardillas.

No es tan sencillo, Raymi – le dijo el Supremo – Si quieres volver debes encontrar a un hombre puro de alma y con el corazón blanco. Lo más parecido a un ángel o, en su defecto, que esté dispuesto a serlo.

Raymi, después de todo lo que había visto en el mundo humano sintió que no volvería nunca a su bosque. Pese a ello, no tenía opción y sabía, que si había confiado tanto en los hombres, éstos no podían fallarle. Uno tenía que haber que lo devuelva a los bosques. Emprendió su regreso.
Vagó perdido mucho tiempo hasta que llegó a la habitación de un sujeto un tanto particular. Tomó la determinación de habitar en ella a fin de estudiarlo.

Milton era un tipo de valores nobles. Valoraba en la vida las pequeñas grandes cosas, un abrazo, una caricia, un beso en el momento justo. Le encantaba la simpleza y disfrutaba del hecho de que su novia lo esperase parada en la puerta de la casa cuando él estaba por llegar. Disfrutaba de un mate con sus amigos y de una partida de truco.
Como dicho está, adoraba escribir, lo hacía desde muy pequeño, le servía para canalizar. Siempre tuvo como cómplice y compañera de batallas perdidas una hoja de papel donde volcar sus divagues y sus sentimientos.
Nunca le importó demasiado la opinión de los demás aunque, muchas veces, supo aceptarlas y cambiar de rumbo en el momento justo.

Raymi supo que, para Milton, tener un sueño era más que importante, ya que ese sueño se transformaba en su objetivo. Para él tener un sueño era una necesidad constante. Teniendo un sueño, tenía una meta a la cual llegar.
Muchas veces perseguir un sueño le fue infructífero y sintió que se le alejaba y se le deshacía entre los dedos. Pero no bajaba los brazos, sabía que atrás de un sueño llega otro y que el siguiente sería más hermoso y más bello.
La muerte le había tocado el hombro de muy chico, a los 16 años, arrebatándole al padre sin que éste pudiera enseñarle ni siquiera lo que se encontraría debajo de las faldas de las muchachas. Tuvo que aprender a los golpes que cuando la muerte ronda, muchas veces no tenés tiempo de pensar en ella y que hay que salir adelante como sea. Pasó mucho tiempo de este hecho y si bien no olvida, sabe que su padre sigue vivo en su alma. Cuando le toque a él, seguramente le sonreirá y le guiñará un ojo desafiándola y diciéndole que si bien no llegó tarde, no pudo impedir que sus sueños se cumplieran.

Esa noche, Milton había decidido quedarse despierto como fuera. Estaba harto de los ruidos nocturnos y del viaje de sus pantuflas. Juraba que no las dejaba donde las encontraba. En mitad de la noche sintió una presencia en la habitación, había hecho una pelota con sus medias y la tenía apretada en su mano derecha debajo de las sábanas. Sintió ruidos. Silencioso como un león al acecho deslizo su mano izquierda encendiendo la luz y arrojó con la derecha las medias hacia el sitio del que sentía la presencia de algo.
Le dio en la cabeza y lo arrojó a un metro de distancia mientras sus pantuflas volaban por el aire. El extraño visitante tenía unos cincuenta centímetros de alto y era muy flaco, llevaba puesto una especie de vestido verde y un gorro con la punta caída del cual asomaban unas orejas en punta.

¡No tiren! ¡No tiren! – dijo el personaje.
¿Qué eres, quién sos y que estás haciendo en mi habitación?
– ¿Me podés repetir las preguntas de a una por favor?
– ¡Contestáme!
– ladró Milton
¡Ok! ¡Ok! ¿Nunca viste un Duende? Me llamo Raymi y estoy llevando tus pantuflas para el otro lado de la cama.
– ¿Un duende? ¡Dejá mis pantuflas ya!
– ¡Sí! Un duende de los bosques y las pantuflas no las dejo nada ¿no escuchaste hablar del Feng Shui?
– ¡Dejalas ahí porque te tiro con el despertador!
– Está bien, después no me eches la culpa a mí, yo te avisé.
– ¿Cómo decís que te llamás?
– Raymi, pero decime Felipe.
– ¿Felipe?
– ¡Sí! El de Mafalda. O mejor no, llamame Batman
– ¿BATMAN?
– ¡SI, BATMAN! El encapotado. Si no conocés a Mafalda y a Batman no sé para que estás en este mundo. ¡Viviste toda tu vida en un termo!
– Bueno como quieras
– la situación a Milton lo superaba y estaba empezando a resignarse – ¿Y qué estás haciendo acá?
– Necesito un ángel
– respondió Raymi – ¿tenés vino tinto?
– ¡No tomo vino, prefiero la Coca Cola!
– ¡Con lo que te gusta el asado los domingos no podés tomar Coca Cola! Te falta mundo, pibe. Lo único que te falta es leer a Bioy y a Casares.
– Prefiero a Ortega y a Gasset. ¿Para qué necesitás un ángel?
– Si prometes no tirarme más nada te cuento.
– Esta bien
– dijo Mlton

Mientras Milton asentía, Raymi levantaba las pantuflas del suelo y pretendió llevarlas al otro lado de la cama. El despertador en su cabeza lo durmió de un golpe. Milton pudo descansar la primera noche entera en mucho tiempo…

Fernando A. Narvaez