Y un día se hartó. Cansado de ver en lo que se había transformado su paraíso. Viendo como, en algo más de dos mil años de haber enviado a su hijo, la humanidad se había empecinado en autodestruirse. Abatido por las guerras gratis y por la ambición de poder por parte de la omnipotente y cada vez más decadente humanidad. Decidió poner manos a la obra y ejercer todo su poder.

Tomó la determinación de que a partir de ese momento, nadie más nacería en la tierra. Los humanos se consumirían lentamente y en manos de la vejez, abolió las enfermedades y le dio vacaciones a la muerte repentina y por accidente. Quizás pasarían cien años hasta que muera el último humano, o quizás no. Pero no les iba a permitir seguir adelante mucho tiempo más. Sabía que ellos solos se encargarían de seguir autodestruyéndose. Quizás, una buena opción sería acelerar el paso del tiempo, como en un dvd, doblar la velocidad.

Había pensado también en hacer que los relojes retrocediesen, pero no les podría quitar a los hombres su instinto de autodestrucción. Algo había salido mal al momento de darle forma y vida a Adán y Eva. Quizás, el hecho de haberla creado a ella de una costilla de él, había logrado que el hombre dominase a la mujer quién sabe por qué motivo; posiblemente, si hubieran sido más equitativos en cuanto a sus fuerzas y la mujer hubiera tenido mayor participación, no se hubieran degradado tanto.

En el mundo, ante la caída estrepitosa del índice de natalidad, el pánico se apoderó de los hombres, los únicos que se seguían reproduciendo normalmente eran los animales. Pasaron muchos años y los hombres se frustraron una y otra vez por no poder hallar la fórmula que les vuelva a dar vida. Se veían morir, los cementerios no daban abasto ya que los sepultureros iban muriendo y no había quien se encargue de los nuevos cadáveres. Poco a poco fue desapareciendo la gente con experiencia y no hubo quien les enseñara a la nueva (última) generación, ni si quiera, el oficio de carpintero.
Los hospitales empezaron a abarrotarse con gente desesperada intentado hacer tratamientos para poder dar a luz. Las iglesias y los templos de todos los credos, se llenaron de fieles que le oraban casi convulsivamente a un mismo Dios, sin saber y sin intuir que él mismo era el que había trazado ese plan.
Para los más libertinos, la falta de enfermedades y la imposibilidad de procrear, los sumergió en una orgía interminable. La gente copulaba en todas partes y en cualquier lado. Todo valía y no había distinción de razas, de edad, de religión ni de clase social.
El tiempo pasaba mucho más rápido.

Para Dios el plan estaba por llegar a su fin. Habían pasado 30 años de su decisión, la población en la tierra se había reducido a menos de un cuarto de su total. Y decidió tomar cartas en el asunto, eligió a dos hombres y dos mujeres. Hizo que se amasen en dos parejas y que cada una pariera un hijo.
A la primera pareja les hizo tener un varón al que por ser el primer nacido en más de tres décadas bautizaron Adán.
A la segunda les hizo concebir una nena. Eva fue su nombre.

Llamó a dos de sus Arcángeles para que pusieran a salvo a estas criaturas, crecerían bajo sus alas y sus cuidados. Y decidió terminar el trabajo destruyendo lo que quedaba de tierra mediante terremotos y tormentas. En menos de 50 años la humanidad había sido eliminada de cuajo de la faz de la tierra, dejando el planeta en su estado casi primario y con dos criaturas las cuales desconocían el origen de las costillas y sin hombres a su alrededor que les influenciaran con historias de tiempo pasados que fueron, o no, mejores.
Le devolvió al hombre su estado primitivo.

Pero mientras cumplía su plan, hubo alguien que escondido entre las sombras y los escombros, se encargó de proteger dos cosas. Un manzano y una serpiente. 

Fernando A. Narvaez
(Inspirado en "Las Intermitencias de la Muerte" de José Saramago, donde la que deja de trabajar es la Muerte).

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