Como siempre, el despertador sonó a las seis de la mañana. Lo apagaste a tientas, entre las tinieblas de los sueños casi vividos durante la noche, tus párpados pesados se empecinan en no dar crédito a las órdenes cerebrales insistiendo en no abrirse. Habías conseguido dormirte a las cuatro, después de una buena ducha. Era diciembre y el clima, apretaba con su calor agobiante.
A pesar de todo te levantas. El primer pensamiento fue que te enfrentabas al peor mes de tu vida en cuanto a lo laboral. Trabajas en un comercio y la proximidad de las fiestas convierte a la gente en paranoica y poseída por un supuesto espíritu hipócrita navideño. Los días se alargan y se hacen insoportables.
Éste era un jueves normal de diciembre en el cual ni siquiera ibas a tener tiempo para ir al baño.
No ves a tu novia desde hace un par de días y la absorción laboral, posiblemente, no te permita verla en un cien por cien de tu capacidad. Te duele, le duele y les duele. Es sólo un mes, pensás, y después llegaran las vacaciones merecidas. ¡Todo se va a solucionar!

El día se presenta como lo previsto, a las doce del mediodía tu vejiga está inflamada hasta sentir que te estalla en las entrañas. El hambre apremia y conseguís pedirle un yogur a un compañero que consigue escapar al control policial de tus superiores. Lo comes de parado y casi te diría que con la tapa puesta.
La paranoia de los clientes te pisa y te aplasta. Te tiran del brazo para que los atiendas primero a ellos sin importarle y sin respetar que estás con otra persona. Gajes de un oficio de vendedor al que ya te acostumbraste.

El hambre crece y el reloj está quieto, la aguja da vueltas pero hacia la izquierda. Son las tres de la tarde y te faltan seis horas. Tu estomago se pega a tu cerebro y comenzás a desvariar, soñás con un pollo al horno con papas. Sentís que el cliente que te persigue no es gente, sino que es ese pollo enorme, dorado y oloroso que te empalaga el cráneo. Divagás con un mantel rojo y blanco a cuadros y con una mesa bien servida en la cual, el pollo descabezado baila al ritmo impuesto por tu estómago, te mira y se te caga de risa. Por un instante para y te deja mirar el reloj. Son las siete de la tarde. ¡Sólo dos horas más!

A esta altura la cantidad de gente en el salón de venta es una manifestación. Estuviste en los recitales de los Rolling Stones y de U2 y había menos gente.
El gerente viene y te dice que trabajan una hora más. ¡NO! ¡NO! y ¡NO!
El pollo se cansó de bailar y recostado te mira desafiante y te dice: "¡Comeme, papi!"

Diez de la noche y la persiana comienza a bajar, la gente se encapricha y no quiere salir, siguen dando vueltas dentro del local. Claro, ellos comieron.

Once de la noche conseguís salir, las piernas no te dan abasto, corres desesperado a tu casa donde te espera tu madre o tu novia (por fin)
Abrís la puerta del edificio y lo sentís. El aroma de tu pollo al horno se te hace carne en las fosas nasales y podés imaginar tu mesa dispuesta, lista para ser abordada en un ataque digno del mejor pirata. Tu barco se acerca al del enemigo y estás a punto de capturarlo mientras el aroma es cada vez más intenso. ¡Lo tenés! ¡Es tuyo!

Abrís la puerta del departamento y ya no importa quien te recibe. Sólo existen las palabras crueles, viles y asesinas que te escupen en la cara sin siquiera decirte buenas noches.

"¡Llegaste! ¿Pedimos pizza?"

Fernando A. Narvaez