Es el día de hoy, que a Amalia, esos dos días de su vida no se los puede borrar de la memoria, el corazón y el alma.

Habían cruzado sus miradas casi de casualidad en el puerto de frutos. Ella contaba con 20 años y él era un marinero europeo. Si bien ella no conocía el idioma le bastaba con su mirada y con escasas tres horas para entender el lenguaje de su piel. Dos días faltaban para que él se embarcase nuevamente quién sabe rumbo a qué puerto. Se amaron intensamente y ella conoció el amor de una vez y de un tirón. Sus cuerpos se fundieron en uno durante aquellos días que, al momento de comenzarlos eran interminables, pero como todas las grandes historias de la vida, se terminaron en el momento menos esperado.
El marinero se embarcó nuevamente con la promesa: "Vendré a buscarte o a quedarme."

Y ella esperó. Lo esperó al punto de postergar sus sueños y su vida por su inagotable espera. Con el tiempo le llegó sólo una foto de ambos que el marino había sacado con una cámara prestada. La foto ajada, amarillenta y vieja es el único bien material que le quedó de aquel amor intenso y fugaz.

Ríos de aguas saladas inundaron su mundo, el tuyo y el nuestro, sin que ninguno de nosotros nos diéramos cuenta. Lloró en silencio y sus lágrimas aún nos mojan los pies.
Durante mucho tiempo odió. Lo odió con toda su alma y de la manera que sólo puede odiar un corazón colmado de amor. Jamás la escuché decir una mala palabra, pero estoy seguro que su odio hubiera logrado sacarle un : "¡Hijo de puta, te odio!" mientras lo abrazaba con lágrimas en los ojos.
El marinero jamás volvió, pero consiguió llevarse de esta parte del planeta uno de los corazones más puros que existen sobre la tierra.

Con el tiempo Amalia se casó tratando de olvidar aquellos días, pero el amor, caprichoso y cruel, se empecinó en no permitirle el olvido. Dió todo por su marido y sus hijos, pero su esposo nunca fue dueño absoluto del corazón de su señora. Vivió en la ignorancia de que su mujer no era tal sino sólo su esposa. De hecho no hubiera logrado jamás su corazón porque nunca supo que ella lo tenía en Dios sabe qué puerto del planeta.

Buscó información de aquel marino, pero no estaba segura de recordar su nombre. Sólo tenía esa foto y siempre encontró como respuesta: "Podría ser cualquiera de nosotros que andamos por todas partes del mundo."

Cuando falleció su marido, la hija mayor la encontró sentada en una silla llorando y mirando aquella foto testigo de su amor. Luego de contarle la historia y de hacerle saber a la hija de todo lo culpable que se sentía por no haber sido plenamente de su marido, su hija le dijo: "Papá se fue de este mundo siendo muy feliz, no estés mal, el siempre te creyó suya."

Hoy Amalia cumple 80 años, y no olvida ese amor, pero ya no llora, sabe que al menos dos días en su vida fue feliz y que esos dos días fueron los que le enseñaron la verdadera existencia del amor. En ese tiempo se enteró que el amor es palpable y que sobre todo se puede vivir.

Amalia. ¡Feliz Cumpleaños!

Fernando A. Narvaez
Arreglos y Producción: Gons