Dispuesto a encarar mi nuevo día laboral, tomo mi mochila y parto raudo hacia la parada del colectivo. La línea que me deja a una cuadra del trabajo es la 41, pero podés ponerle el número y ramal de la línea que se te antoje, no es un dato mayor ni relevante. Voy con los auriculares calzados y las monedas listas en la mano.

En la cola de espera hay poca gente, por ponerles un nombre están: Luis, 16 años con un libro en la mano y despuntando el vicio de la lectura. Un poco más atrás y desplegando todo su amor se encuentran Carlos y Paula, besándose y haciéndose las caricias esas que te hacen pensar: "¡Qué lindo que la gente se quiera! Pero ¿no podrían quererse sin darle hambre a los indigentes de caricias y besos postergados?" No importa, me sumerjo en las canciones y miro para otra parte.
Un poco más atrás se encuentra Marta con su hijo Lucas de 2 años en brazos, lo cual me hace perder automáticamente mi turno de subida al vehículo. No me preocupa demasiado, al fin y al cabo soy un caballero.

Después de 10 minutos de espera asoma la trompa por la esquina el colectivo esperado. Todos estamos listos para treparnos y emprender nuestro viaje. Luis, caballero gentil, cierra su libro y hace lugar como para que pase la dama que estaba con su hijo, hago lo propio y Carlos no se percata (quisiera creer) y la empuja a Paula arriba del móvil ¿Atrás subieron Marta y Lucas? ¡No! Subió Carlos, al cual no le alcanzó el tiempo en la parada para separar las monedas y delante de la máquina expendedora se pone a hurgar entre los bolsillos, todas monedas de cinco centavos que va poniendo de a una por vez mientras nosotros seguimos esperando. Las monedas no le alcanzan, como era de esperarse, y Paula acude en su ayuda desde el segundo asiento doble que, dicho sea de paso, eran los únicos libres. Mientras, a todo esto, el muchacho sin monedas ni siquiera fue capaz de dejar pasar a la madre que esperaba detrás de él con el hijo que empezaba a ponerse fastidioso.
Finalmente y luego de destruir la alcancía porcina que tenía en el bolsillo, la pareja se sienta feliz a seguir besándose en el segundo asiento libre del colectivo.

Marta saca su boleto, sube Luis y cuando me encuentro a punto de poner mi pie en el estribo la veo, venía corriendo desencajada como si fuera el último colectivo de la galaxia: "¡Parálo! ¡Parálo que no llego!" Le pido al chofer que espere un segundo y le hago lugar a Silvana para que finalmente consiga llegar a la meta olímpica impuesta por su no salir a tiempo de la casa. Fui preparando en mi garganta las palabras: "No hay de qué" al pedo porque ni gracias. Haciendo valer el derecho adquirido constitucionalmente, la mina se subió al colectivo con todo su poder de mala educación en la frente. Lo solucioné con un pequeño pisotón en el tobillo sin siquiera pedirle disculpas. ¡Jodete por maleducada!

Pasado el tiempo consigo sacar mi boleto, en mis orejas sonaba un tema de Bunbury y al llegar al fondo del colectivo la veo a Marta con Lucas sentada en el sexto asiento simple. ¿Cómo llegó hasta ahí si Carlos se sentó con su novia en el segundo asiento doble? ¡Rata!

Me sitúo pasada la puerta del medio del colectivo mientras sigue subiendo gente, nadie baja pero no molesta demasiado ya que no es un viaje largo, quince minutos a más tardar. Nada grave. A mi lado se encuentra Jimena con cara de haber trabajado toda la mañana y con el evidente calor que nos agobia a todos. De pronto un oasis. Se desocupa el asiento posterior inmediato al de Marta y su hijo, Jimena se relame ante la posibilidad de descansar sus piernas. Pero no se había percatado del chacal que acechaba escondido a un metro y medio de distancia. Javier, de unos 35 ó 40 años, al ver que la persona que estaba sentada se preparaba para bajar, puso una rodilla en tierra, la punta de los dedos en el piso y levantó su culo esperando el disparo que lo consagre en los cien metros llanos. Se cruzó entre ella y yo arrastrando mi mochila sacándome los auriculares de la cabeza, haciendo que Jimena pegue un salto hacia atrás y, como es obvio, sentándose él.

Decido darme vuelta enfocándome hacia los asientos dobles y evitando así escupirlo en la cara, ya ni reconozco a quien canta en mi cabeza. A mi izquierda una pareja charlaba amistosamente, poco faltaba ya para bajarme cuando se desocupan los dos asientos que tenía delante de mí, claro está que no iba a sentarme si faltaban tres paradas para mi abandono del móvil. Le abro paso a la pareja pero cuando estaban por encarar hacia el asiento, agradeciéndome de forma cortés, se levanta una vieja que estaba en el asiento de adelante y, amagando a bajarse, se aventura hacia el asiento libre en busca de la ventanilla separando así a la pareja. Incrédulos la miramos los tres.
Al mismo tiempo lo veo a ése Javier que a las seis cuadras de empezar su carrera hacia el asiento, se baja.

Ya me daban ganas de romper el colectivo a patadas cuando me tenía que bajar. No hay cosa que me ponga más paranoico que tocar el timbre en el bondi con el discman funcionando, no oigo si suena y odio enfrentarme a la pregunta estúpida de: "¿Bajás en esta?" – "Y sí tarado, bajo acá no escuchaste que toqué el timbre"

Por no enfrentarme a ninguna de las dos situaciones siempre intento dejar que alguien baje primero.

Pero no contaba con Carlos y Paula. Estaban preparados para bajar y a punto de tocar el dispositivo que hace que el conductor pare y abra la puerta, cuando a 30 metros de la parada Paula que dice: "No es esta, es la otra"

Terminé bajándome dos cuadras más adelante y a punto de estallar de bronca. Viendo cómo nos cagamos mutuamente y todo el tiempo. Y noto que eso no pasa en el colectivo solamente, pasa en todos lados; en la calle, el trabajo, en la escuela, en la vida.

Ojalá existiera un lugar donde éste bondi pare y nos permita bajarnos de este mundo ególatra y omnipotente en el cual nos ha tocado desenvolvernos.

Fernando A. Narvaez