Se habían estudiado durante años con sumo detenimiento, deseándose en silencio y esperando la oportunidad del zarpazo letal.

Él había surcado los mares abordando barcos ajenos y naves sin capitán.
Ella, dueña de sí misma y con su futuro asegurado, se dejaba llevar por la vida como en una barranca. Ciega no se daba cuenta que la dirección era hacia abajo.

Él sabía con exactitud los movimientos que debía llevar a cabo para exponerla al máximo placer.
Ella era experta en dejarse llevar por el hombre en cuestión poniendo los límites en el punto justo y haciéndole creer que no era ella quien manejaba la situación. Para ella, él era quien la saque de su eterno letargo.

Él tenía todo estudiado. Empezaría por besarla lentamente.
Ella dejaría que lo haga.

Él comenzaría a acariciarla muy despacio descubriendo e investigando cada centímetro de su cuerpo.
Ella se estremecería con su tacto y correspondería sus caricias y su investigación.

Él le desprendería uno a uno los botones de la blusa y le arrancaría con dulzura salvaje o dulce salvajismo su corpiño.
Ella haría lo propio con su camisa para luego seguir con la cremallera de su pantalón.

Él notaría la dureza de sus pezones y los atacaría con su lengua.
Ella enredaría los dedos en el pelo de aquel semental y desde la nuca le llevaría la nariz al espacio entre sus pechos.

Él pondría las manos en sus nalgas levantándola del suelo y haciendo que ella lo abrace con sus piernas.
Ella, al sentirlo viril y muy bien dispuesto mientras se daba cuenta de que él sentía su humedad, dejaría caer su cuerpo de espaldas contra el colchón arrastrando al macho sobre sus piernas bien abiertas para que la penetre de una vez.

Él, perro de presa, sabiendo que ya la tenía a punto y conociendo las ansias compartidas, jugaría un poco más y buscará su sexo con su boca libando su humedad.
Ella no se quedaría atrás y haría lo mismo de forma simultánea.

Él la penetraría a ella.
Ella se penetraría con él.

Él y ella. Ella y él. Juntos en el momento máximo del placer

Él se despertó al rato sobresaltado con la voz de ella que le decía:

"¡SULTÁN! ¿Qué hiciste? ¡Otra vez measte la cocina! ¡Te voy a matar!"

Él paró las orejas y con la cola entre las piernas fue a esconderse debajo de la cama evitando el zapatillazo.
Pero a pesar de saber que su sueño jamás sería cumplido por la diferencia de clases. Sultán sabía perfectamente que su dueña lo amaba.

Fernando A. Narvaez