La gota cayó con todo su peso y derramó el contenido del vaso. Vaso que por mi ceguera interna nunca quise ver que se estaba llenando.

Racimos de soledades colgaban de la parra. Soledades que me provocaron desafiantes y que orgullosamente enfrenté haciéndoles creer que eran lo suficientemente necesarias como para dejarlas ir o abandonarlas.
Enjambres de verdades se cernían sobre mi alma. Oportunidades perdidas por todos los días de mi vida y la soledad escandalosa que se hacía notar permanentemente.
Bandadas de dudas amenazantes. Me preguntaba constantemente si estaría bien o mal tal o cual cosa y al mismo tiempo si esa cosa era tal o cual.
Jaurías de temores invadían mis noches. Escondidos entre los árboles y al acecho como perros hambrientos y sedientos de mi sangre.

Soledades, verdades inventadas, dudas y temores. Todos ellos en ese vaso que día a día se llenaba inagotablemente.

Me tomó mucho tiempo darme cuenta que esa gota tenía peso propio. No un peso que se puede medir con una balanza, sino con los ojos de la claridad.
Claridad que aportó de un solo golpe vaciando el vaso, era la última gota y no un hilo delgado de agua.

El peso de la gota vació el vaso y la claridad, al llegar, me mostró que debía empezar de nuevo, otra vez de cero.
No había más soledad, ni dudas, ni temores, sólo una verdad que vi cuando enfoqué mis ojos y pude ver a través del vaso, ahí estabas vos con tu sonrisa despejándome y despojándome de dudas.

Fuiste y sos la gota que, con su propio peso, aclaró mi vaso, mi vida y mis sentimientos. Y aquí estamos empezando de cero, pero de a dos.

Fernando A. Narvaez