El camino estaba despejado. Era tan clara la senda, tan detalladamente asfaltada y tan delicadamente delineados sus trazos que daba placer transitarla.
Al principio, al tomar esa ruta, todo era novedad. Mirase hacia donde mirase había campo. No molestaba ni el mugido de las vacas, silencio dominante y el horizonte que se imponía verde absoluto a ambos costados y, en el frente, un tajo negro lo partía a la mitad, era mi propio sendero.

No sabía a ciencia cierta cómo había sucedido pero ahí me encontraba, caminando y creyendo disfrutar de la vista y del poco esfuerzo con el que podía recorrer mi camino.
Me acostumbré y, con el tiempo, fui buscando algo que me separe de la monotonía. Un pájaro, un sapo, una voz, el silencio comenzaba a aturdir y poco a poco, fui dándome cuenta de que aquel sendero era mi soledad. Así y todo la mantuve con hidalguía y me convencí a mí mismo de que era un camino elegido. No necesitaba a nadie. Pero como pasa siempre con la omnipotencia, en algún momento se te cae en la cabeza y comenzás a extrañar hasta el ruido del pis del perro cuando te mea la pata de la cama.

Desesperación. Necesidad de una caricia. Y entonces piedras; ante la soledad me aferré a las rocas, las vi como almohadas y pretendí relajarme y poner mi cabeza sobre ellas. Cuando comencé a darme cuenta del dolor que me causaban intenté esquivarlas o alejarlas a patadas; entonces el dolor lo provoqué yo. Sufrí de las dos maneras.

Las llagas en mis pies y los golpes provocados por los tropiezos me habían casi vencido y comencé a arrastrarme por el camino. El sol arrasaba y derretía mis esperanzas.

Y de pronto la flor. Estaba ahí y me invitaba a olerla. No le di crédito y quise alejarla haciéndole creer que debía estar en otro lado y no en esta ruta que, aunque en un principio la creía vacía, estaba llena de piedras. No era el mejor lugar para la flor más hermosa que hubiera visto.
Curiosamente, si bien no lo era, tenía el temperamento y el temple de una piedra y se quedó. Me convido a arrancarla y a llevarla conmigo. Así lo hice.

Entonces la magia. Al arrancarla se elevó delante mío el más maravilloso de los paisajes. Los pájaros, las mariposas y el ruido que provocaba el agua en las cascadas me sacaron de mi claustro. Se presentaron ante mí muchos caminos que fluían en distintas direcciones con gente que iba y venía. Vendedores de ilusiones y prestidigitadores de esperanzas comercializaban sus artículos a cambio de que besara a mi flor en su presencia.

Hace cinco meses que la cargo y la llevo en mi bolsillo a donde vaya. Y todo cambió. Comencé a ser alguien, tengo proyectos compartidos con ella y una ruta llena de colores para recorrer de a par.

Mi camino fue la soledad. Mi flor sos vos. Mi senda, hoy, es la vida con la compañía de mi flor.

Fernando A. Narvaez
Arreglos y Dirección: Gons (como siempre)

Pd: Gracias Gons por este texto: "Héroe". No dejen de pasar y agradecerle en mi nombre que a mí, no me alcanzan las palabras. Click Aquí