Murió en su intento desesperado por aferrarse a su propia muerte y ¿sonrío? ante la agonía de una vida que se le escurría entre los dedos. La bala lo había herido de forma letal y al ver los ojos de su compañero, supo que lo mejor era morir rápido y rogó al cielo por que eso suceda.

Largos años había pasado junto a aquel ser que hoy lo miraba arrodillado a su lado llorando su último aliento y reclamando una justicia que jamás llegaría.
Había escuchado durante toda su vida que, en realidad, nadie moría por amor; se sufría mucho, pero la muerte llegaba por otras cosas. Hoy sabe que no es así. Él murió por amor. En defensa del amor que sentía por quien lo acompañó durante todo el tiempo que recordaba de vida.

El paseo nocturno acostumbrado los llevaba siempre a la misma plaza, eran los dos uno y él siempre esperaba a su amigo para ir a pasear. El destino los sorprendió disfrazado de robo.
Dos menores armados se les acercaron y le exigieron a Jorge que les entregara todo lo que tuviera de valor. No quisieron escuchar la voz del hombre cuando les decía que no llevaba más que el reloj.
El más grande de los dos ladrones tenía 18 años y arremetió de un puñetazo contra la cara de Jorge.

Baco era un ovejero alemán de 9 años. No soportó el ataque a su amo y saltó con su hocico directamente al brazo del agresor, clavándole los dientes hasta casi juntar sus mandíbulas. Sacudió fuerte ese brazo y arrojó al sujeto al piso en el preciso instante en que el compañero efectuaba el disparo que atravesó sus entrañas.
La gente escucho primero al perro, y después el disparo. Hubo quien intentó acercarse y quien no se dio por enterado. Los ladrones huyeron y Jorge, arrodillado al lado de Baco, lloraba su agradecimiento mientras Baco, moría por amor.

Fernando A. Narvaez