Ernesto se despertó transpirado y con el corazón cabalgándole en el pecho. La sensación de que algo había cambiado no lo abandonó en todo el desayuno y mucho menos durante la mañana.

Ernesto trabajaba de soñarse escritor, improvisaba todo el tiempo textos sin sentido y buscaba información en todos y cada uno de los escritos que le cayeran en la mano. Leía hasta los volantes del gasista y los menús de los bares buscando alguna idea reveladora de donde sacar un texto mediocre.

Ernesto no es tan buen escritor, ¿para qué negarlo? Pero hay que reconocerle que es un gran lector. Decía: Una biblioteca que se precie de tal no puede no tener un ejemplar de "Don Quijote de la Mancha".

Esa mañana, la que venía arrastrada por la noche del sueño tempestuoso, a Ernesto por poco no se le paró el corazón. Llegando al mediodía y, tratando de hilvanar tres palabras coherentes, tomó el ejemplar de la obra de Cervantes que tenía como cable a tierra – siempre recurría a algún pasaje del clásico para extirpar toda la impotencia que le bloqueaba el cerebro – pero al abrirlo descubrió el motivo de su extrema inquietud. Cuando lo abrió al azar en cualquier página creyó que el mal sueño le jugaba una pasada de las verdaderamente feas. Siguió ojeándolo con mucha intensidad y se sintió desfallecer, le transpiraban las manos y una gota de sudor helado le rodaba desde la sien hasta el mentón. El libro estaba completamente en blanco.

A unas cuadras de su casa vivía Alicia, una morocha de ojos azul marino que trabajaba en la biblioteca pública del pueblo. Amiga de Ernesto desde el colegio primario, compartía con él su pasión por el Quijote y era amante empedernida y silenciosa del Edmundo Dantés de Alejandro Dumas. Hacía lo mismo que Ernesto con el Quijote y al buscar el ejemplar de "El Conde de Montecristo" se creyó ciega. Ojeándolo al máximo como había hecho su amigo, la desesperación ganó su corazón y vio claramente que se habían borrado las palabras.

Como impulsados por un rayo del destino se fueron a buscar en el mismo momento. Se encontraron a mitad del trayecto. Se miraron silenciosos. No hicieron falta palabras. Se abrazaron y lloraron. Al despegarse y volver a mirarse con sus ojos empañados de desolación, coincidieron en mirar juntos en dirección a la librería que se encontraba al otro lado de la calle del abrazo; la gente desesperada peleaba por entrar. Pero estaba todo perdido. Todos los libros, novedades y clásicos, estaban en blanco. Habían desaparecido todas las palabras escritas y el mundo se iría convirtiendo poco a poco en recuerdos de historias contadas que ya nadie podría escribir de la misma manera.

El diablo había metido la cola. Los libros en blanco ganaron la calle y la vida de la gente. Nunca se supo qué fue lo que pasó. Alicia y Ernesto se fueron a tomar un café tratando de responderse la siguiente pregunta: ¿Qué haría el mundo de acá en más sin las palabras plagiadas de Bucay y sin Harry Potter?

Fernando A. Narvaez

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