Antes de que vayan al texto en cuestión y propiamente dicho, quiero que me ayuden a agradecer el post que ha subido el señor: "El piscuis" en su blog: "Peligro!!! Alta Tensión". Yo solo no puedo (perdón Pacha por hacer mías tus palabras). Ahora sí… el texto:

Reina de Corazones

Tenía el brazo en el ojo derecho, el ojo derecho en la pierna izquierda, mi pierna izquierda a la altura del oído derecho, mi oído derecho a la altura del índice de la mano izquierda y mi corazón en tus manos.
Vos no lo sabías y yo tampoco. Vivimos largos años buscándonos sin encontrarnos. Estábamos escondidos en las tinieblas de la soledad en compañía, agazapados, acechándonos; ignorantes de esto, avanzamos hasta nosotros mismos.

Poco a poco y con el correr del tiempo, mi cuerpo quería acomodarse: el brazo, el ojo, la pierna, el oído, el índice y la mano, intentaban ir a parar a su lugar. Sólo faltaba mi corazón. Intenté ubicarlo en su sitio, pero el tiempo me hizo ver claramente que estaba en su lugar; jamás me había dado cuenta de ello. El sitio de mi corazón era precisamente en donde estaba… Tus manos.

Con mi cuerpo semi-armado un día junté los restos de la explosión interna que lo había despedazado, metí todo en un bolso y me fui rumbo al puente con sólo una ilusión. La de encontrar mi corazón.

¡Sorpresa! Yo hubiera jurado que estaba en tus manos y vos, con tu sonrisa y tu beso, me hiciste entender que tampoco tenías corazón. Los dos órganos en una trenza, bailaban sobre nuestras cabezas, acompasados en sístoles y diástoles ventriculares, elevados en una dimensión exquisita e incomprensible llamada Amor.

Yo era un humilde 4 de trébol y arriba del puente me encontré con La Dama de Corazones, dama que disponía de una Jota acorazonada y prestidigitadora que, con un leve movimiento ilusorio de sus manos, invitaba a reír, a soñar; ni más ni menos que a vivir, a compartir, a proyectar.

Y hoy pasó más tiempo del que soñábamos, vos mi Reina de Corazones y yo, me siento cada vez más tu Rey. Armado, otra vez, mediante la magia de tu Jota y nuestros corazones que monitorean nuestra pasión.

Fernando A. Narvaez