Cuando me senté en aquel bar, jamás creí que ella iba a atreverse a sentarse a mi mesa. La había visto perseguirme agazapada por entre las gentes, los autos y los árboles de la ciudad. Como una amante despechada y herida había estado acechándome. Pero en ese bar lleno de gente me sorprendió y se sentó frente a mí sin pedir permiso.
Hacía tres meses que la había alejado de mi vida, después de haber vivido muchas cosas juntos, noches inacabables de café y cervezas y camas compartidas con almohadas conocidas y no tanto. Largos años entreverados en un amor enfermizo y plagado de costumbre. A veces la monotonía y la rutina nos habían llevado a amanecer en distintos lugares y a la sombra de distintos soles. Hacía mucho tiempo que yo la detestaba y la sufría, pero ella, caprichosa y cruel, no sólo disfrutaba de mi presencia ausente sino que lo hacía al verme dejarme caer.Tres meses después de que una dama me rescatara, ella no concebía el hecho de mi abandono y se sentó delante de mí con todo su arsenal de tristeza y toda su tropilla de fantasmas:

¿Cómo estás? – Preguntó
– En mi mejor momento
Eso no te lo crees ni vos, es imposible que no me extrañes aunque sea un poco después de todo lo que vivimos…
– ¡Qué viviste! – interrumpí
¡No te hagas el tonto! Vos lo disfrutaste también – dijo con su aire de omnipotencia característico.
– ¡Claro! Todos disfrutamos de tu compañía en algún momento, pero vos te encaprichaste conmigo y me fuiste quitando la vida muy lentamente, hiciste que me acostumbrara a vos pero, finalmente, me abrieron los ojos.
Fernando ¡No me jodas! No existe quien te abra los ojos después de todo lo que sentiste por mí, o te olvidas de todas nuestras noches en las que me confundías con el verdadero amor. Noches enteras de besos y roces robados en las que te creías un superhéroe y después, la mañana me acercaba a vos y suavemente te susurraba al oído lo solo que estabas.
– ¡Pero todo eso cambió! Y vos lo sabés muy bien, por eso tu preocupación y tu persecución constante. O ¿te pensás que no te veo amenazante? Pero enterate, desde hace tres meses soy inmune a tus amenazas.
¿Y qué hacés solo en este bar?
– ¿Quién te dijo que estoy solo? Ella viene conmigo al lugar donde me encuentre aunque no esté presente. ¡Hacete cargo! Te ganó la batalla a fuerza de sonrisas, besos bien dados y caricias humeantes en la piel. ¡No podés con mi mujer! Sos un fantasma.
¿Fantasma? Claro que lo soy. En tu mente, en tu corazón y en tu alma. Me extrañás y te morís por volver conmigo. Fantasmas son los que te invaden en las noches cuando te acordás de todo lo que vivimos juntos, y eso no me lo podés negar. Todas las noches estoy presente en tu cama, en tu piel. ¡No lo niegues! – dijo y noté que lentamente se iba poniendo más y más nerviosa.
– ¿Por qué temblás? – era el momento de empezar a manejar yo mismo la charla.
¿Quién tiembla? Eso es lo que vos deseas, acordáte como siempre estuve cuando te abandonaron o abandonaste.
– Por supuesto que me acuerdo. Cierto es que conozco tu oportunismo y tu vocación por ganar los corazones heridos, pero también conozco tus intenciones de exprimir a esos corazones y dejarlos como una pasa de uva, marchitos y herrumbrados, sin la posibilidad de salir adelante. Pero ella llegó a mi vida y mi corazón volvió a vivir, tres meses pasaron de nuestro primer beso y cada vez son más cálidos, más erizantes. Su piel te desterró por completo aunque no lo quieras ver y dejaste de existir para mí. Y aunque te duela, date cuenta que ahora la que está sola, por mi parte, sos vos. Es hora de que te enfrentes a tus propios fantasmas y tus propios miedos. Tenés la patria potestad de tu nombre y el dominio absoluto de todos tus fantoches que, hoy por hoy, sólo enfocan hacia dentro tuyo. Podés decirme y recordarme lo que quieras, pero date cuenta de que éste cristiano que te habla es feliz. Y lo es gracias a es dama bella e incondicional que me acompaña a cada hora y a cada minuto con sus besos, con su tacto y con su piel, con nuestra vida y nuestros proyectos. Te ganó la partida. Jaque mate para vos. No tenés piezas tus peones huyeron poniendo en evidencia tu propia cobardía, tus torres se derrumbaron, tus alfiles fueron ahorcados, tus caballos sacrificados y tu rey… nunca existió tu rey, lo enrocaste y lo encerraste. Tu rey ha muerto. Vos misma has muerto en mi vida. ¿Algo más que decir?

Su estado en ese momento era de completa redundancia, era ella misma en su esencia y en su alma. Mi mujer sin siquiera imaginarlo, le había ganado la batalla a un amor enfermizo de muchos años, y ella, hoy sentada frente a mí en esta mesa de este bar se consumía en su caldo y se abandonaba a su ser.
Cuando la Soledad se vio derrotada de forma contundente, mientras me laventaba me dijo:

No te hagas ilusiones ¡Volverás a saber de mí!
– Jamás te voy a negar, sé que exististe y conozco todo el mal que me hiciste. Pero eso no me hace temerte, sólo tenerte en cuenta. Volvé cuando quieras y charlamos. Pero te conozco y sé que no te quiero en mi vida. Gracias por eso, por mostrarte y dejarme vivirte. Pero una mujer más fuerte que vos te ganó la guerra y ahora estoy acompañado como nunca lo estuve en mi vida. Dejá que el café lo pago yo.
Chau Soledad, en nombre de mi compañía te dejo acá sola y herrumbrada como en algún momento tuviste a mi corazón.

Fernando A. Narvaez

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