Bartolomé González era trompetista. Tenía profunda admiración por Louis Armstrong y soñaba tocar alguna vez como Miles Davis. Vivía en la zona de Villa Urquiza y tocaba su trompeta en algunos bares de lo que antes se conocía como Palermo Viejo.

Lo conocí como se conocen las grandes cosas, de casualidad. Fue en uno de esos lugares, tenía el pelo tan blanco que denotaba, claramente, cada uno de los muchos caminos andados y conjugados con las notas de su trompeta.
Era un virtuoso de su instrumento, coloreaba con climas cada uno de los rincones inhabitables de los tugurios en los que nos esculpía su música. Te juro que volabas a todos esos lugares en los que soñaste estar y, si osabas cerrar los ojos ante su música, podías despertarte de golpe en un paraíso de sensaciones jamás descubiertas.

Fue un sábado por la noche cuando lo vi errar en más de una nota ante la mirada penetrante de Nayla; una morocha de ojos verdes y pechos impactantes.
Veinte años menor que él, lo atrapó en las redes del deslumbramiento y le mostró el camino a la recuperación de la juventud que creía perdida. De más está decir, que Bartolomé se enamoró perdidamente.

Desapareció de los lugares habituales y no volvió a los bares. Supe más tarde que se había ido a vivir con la morocha a su casa de la calle Nahuel Huapi. Sólo tocaba para ella en el living de su casa.
Tuve la suerte de pasar una tarde por su ventana y escuchar su trompeta, no cabían dudas, era Bartolomé. Pude ver a Nayla recostada en el sillón disfrutando como reina exclusiva del edén musical.
Comencé a presenciar sus mini recitales de manera clandestina, escondido entre los malvones de su jardín y a la sombra de su parra.

Pasaron tres meses desde su desaparición pública y una tarde fría de agosto, su trompeta, también desapareció de la casa de Villa Urquiza. Otra vez, no volví a saber de él.
En septiembre, al asomar el hocico de la primavera, me lo encontré por la calle. Iba desalineado en su aspecto y con su trompeta oxidada en la mano. Intentaba tocar algún tema de Miles Davis, pero era inútil. Su música lo había abandonado. Lo miré desde la vereda de enfrente cuando escuché que un pibe le decía a otro en la vereda: "Ahí va el loco de la trompeta"
Me crucé al instante y le pregunté cómo andaba. Me dijo que estaba en su mejor momento, que la vida no le sonreía pero sí, se le cagaba de risa. Nayla se había ido con un muchacho de su edad y que él comprendiendo que el amor, si bien no tiene edad combina mejor en la contemporaneidad, la dejó ir. A cambio, él paseaba por el barrio tocando para ella todo lo que le gustaba y la hacía vibrar. Al fin y al cabo, decía, ella puede aparecer en cualquier esquina.
Hay gente que cuando pierde el amor se le da por escribir, encerrarse, salir a bailar, buscar reemplazo o bien, como a él, tocar la trompeta por la calle. La gente lo tomó por loco sin comprender jamás, que lo único que Bartolomé hacía, era musicalizar la ausencia de su amor.

Pasaron dos años de ese día y hoy supe que Bartolomé falleció hace un año y medio. El loco de la trompeta murió, dicen los médicos, de muerte natural. Yo sé, después de haberlo mirado a los ojos, que murió de tristeza.
Cada tanto paso por la casa de la parra y los malvones y te juro, que sigo escuchando su trompeta.

Fernando A. Narvaez
No olviden la nueva dirección: www.fernandonarvaez.com

Update 09/04/2006: Para los que no sabían de mi musa y querían saber un poco más de ella, se las presento… ha vuelto.Mi Lady Blue