Ella tenía en la mirada, la ausencia que sólo el amor puede dejar. Se la veía "jodidamente radiante", "radiantemente jodida". Se la notaba como si fuera una canción sin estribillo, con el peso de los años a cuestas y con la incomodidad propia de cargar con su vida. Llevaba unos pantalones de vestir negros, zapatos con taco y una blusa blanca que marcaba delicadamente la curvatura de sus pechos. Sus ojos estaban refugiados, como no podía ser de otra manera, detrás de una vidriera a modo de anteojos.

Por mi parte no podía parar de mirarla, de imaginar cómo habría sido su vida, por qué lugares habrá caminado, qué pasos habrá pisado y qué horizontes la esperarían más allá de su mirada.
Quería cruzar la calle y acercarme a ella, estudiar la profundidad de sus poros, de su piel.
Pensé en el destino; en la posibilidad de formar parte del suyo. Pero ¿ella formaría parte del mío? Sin duda que sí, estaba esperando el colectivo enfrente y no podía dejar de observarla, me invitaba, me incitaba a mirarla. En algún momento de mi vida tenía que verla. Sólo debía esperar que ella me mirase, ésa sería la señal de que yo también, formaba parte del suyo.

Era de noche y los autos pasaban con menos intensidad que durante el día, lo cual me permitía observarla con mayor detenimiento. Rogaba que me mirase y no lo hacía. Yo estaba esperando el momento preciso para atravesar la calle, no lo soportaba más. Tenía que hablarle, sentir su respiración, absorber su aliento y dejarme devorar por su mirada. Sólo faltaba que notase mi "ausencia".
Vi que se movía y buscaba algo en su cartera cuando se acercó más al cordón. Me levanté de un salto y en ese instante me miró. Me desarmó con su mirada acristalada detrás de sus anteojos. Me había mirado, ya formaba parte de su destino.

Me paralizó mientras su mano derecha se extendía.
Se tomo el 12 para el lado de Congreso y no volví a verla jamás.

Fernando A. Narvaez