Los personajes de éste texto son de ficción
Cualquier semejanza con la realidad, es…
mera coincidencia

Trepada a la montaña de sus propios sueños, Marina le advirtió al mundo que nada ni nadie la detendría. Se colgó del auto de su novio y se marchó. Dos bolsos con ropa y algunos discos como toda armadura, fueron suficientes para encarar su nueva vida. Otra ciudad, otras gentes y, por fin, lejos de su familia. Sobre todo lejos de Úrsula, su madre, quien se había empecinado en no dejarla crecer al lado de la persona que ella había elegido, poniéndose en contra de la relación.

Siendo la mayor de tres hermanos (dos mujeres y un varón) cargaba con el estigma de rendir examen todo el tiempo. Por ser la más grande era el conejito de indias de su madre, quien la sometía a todas las pruebas que a veces los padres implementan limitando el desarrollo personal de su pequeño hijo de 25 años. Su madre jamás entendió que nuestros hijos no son “nuestros”, no tenemos un título de propiedad sobre sus vidas, sólo somos el medio para marcarles un camino más o menos bueno. Camino que está marcado en relación directa con nuestros propios errores, con lo cual, nada ni nadie garantiza que sea el correcto. Así les quitamos a nuestros hijos la posibilidad de cometer sus propios errores y aprender de la única que enseña, la vida. En el caso de Úrsula, pretendía convertir a Marina en su títere.

Úrsula jamás se sentó a hablar con Marina de mujer a mujer, ni siquiera de madre a hija; se ocupo fundamentalmente en decirle a la hija que todo lo que hacía estaba mal, sin escuchar razones. No es precisamente una mujer con la que se pueda dialogar, elige poner cara de culo y pegar un portazo, no sea cosa de que le digan algo que no quiere escuchar. Se dedicó a ponerle piedras en el camino, apoyada claramente por sus dos hijos menores y bajo la mirada distraída y tibia de un marido poco comprometido que no tomó partido por nada.

Marina se fue con sus sueños, sus ilusiones y sus lágrimas, huyendo de la dictadura que pretendía imponerle Úrsula. Dos años convivió con gente extraña y alejada de su familia, de sus amigos y de sus gatas. Sobrevivió ese tiempo sin un llamado de su madre, mucho menos una visita; con apenas algunas comunicaciones, bastante tibias por cierto, con el padre vía correo electrónico. ¿Para qué hablar de los hermanos? Caballeros templarios del “si te he visto no me acuerdo”. Paladines justicieros y heroicos del “a ese pibe lo mato”, ya que, naturalmente, catalogaron la huida de la hermana mayor como un “secuestro” por parte del novio, siempre buscando la paja en el ojo ajeno, jamás haciéndose cargo de nada, pero… nadie se atrevió a ponerle el cascabel al gato.

No sé mucho de la vida de Marina durante aquel período, lo que sí sé es que la invadió la monotonía y que cada vez estaba más enfrascada en una pelota de nieve donde no se sentía segura. Pero estaba en el baile y… bailaba. Mientras, sin darse cuenta, se estaba dejando caer en un pozo del cual, sólo un milagro la sacaría. El milagro se presentó con las ropas del amor verdadero, del amor puro. La vida, sabia e inteligente, quiso que Mariana tomase el toro por los cuernos y emprendiera el regreso. Había huido por ¿amor? Regresaba, también, por amor.

Conoció a Germán en un viaje ocasional de éste a la ciudad que disfrutaba de albergar a Marina. Sus corazones se escaparon por sus ojos ante el primer contacto visual. Marina supo al instante que iba a seguir a ese hombre a dondequiera que él fuera. Ése lugar era Buenos Aires, Marina dejó todo y emprendió el regreso con solamente un bolso.

Ya pasó casi un año de su regreso y su amor está cada vez más firme. Germán, sólo en principio, fue aceptado y considerado “el salvador” que trajo a “la nena” de vuelta, pero no tardaron en volver a repetir la misma canción de hace tres años.
Úrsula que tan agradecida le estaba a Germán, ni bien comenzó a sentirse segura de que su hija no se iría nuevamente, comenzó a tirar toda su artillería de malos tratos para contra los enamorados; pretendiendo imponer reglas absurdas sin detenerse a pensar en que un día será ella quien tenga que acatarlas, dime que exiges y te diré que acatarás. Jamás tuvo en cuenta que la cantidad de lluvia ácida que caerá sobre su cabeza es directamente proporcional a la saliva escupida al cielo. Demostró y demuestra a diario que si vuelve a repetir las mismas actitudes es porque, realmente, no aprendió nada. Nunca se dio cuenta de que fue ella misma con su “seudo-tiranía” quien empujo a Marina a irse, tomando decisiones apresuradas e impulsivas.

Desde que Marina volvió, tiene que convivir con: el “Viste que YO tenía razón” por parte de Úrsula que todavía, y después de casi un año, aún no se sentó a hablar con su hija de mujer a mujer o, simplemente, de madre a hija, para entender por qué le fue mal a su hija con su pareja anterior.
Con un hermano que no vio el gol de Maradona a los ingleses en el ’86 (ya que no había nacido) que pretende darle lecciones de vida, desde sus suelas flamantes y sin manchas, diciéndole: “¿Cuándo vas a hacer una derecha en tu vida?” Hermano al que yo le digo, poniéndome en la piel de Germán, que: para hacer una derecha en la vida, primero tenés que haber hecho varias torcidas. Torcidas que vos no hiciste porque todavía no empezaste a caminar. Mostrame la suela de tu zapato gastada y aprendo a caminar al lado tuyo, me halagaría sobremanera que me muestres un camino digno.
Convive también con su hermana menor y su discurso de: “él es hombre”, hablando por el hermano y sus derechos a venir a cualquier hora y escaparse de las “reglas” impuestas por el sólo hecho de tener un par de cosas colgadas entre las gambas. Es hombre, pero con 20 años ¿sabrá para qué tiene eso ahí? Además de para mear, claro.
Y está el padre: tibio, inerte y sin compromiso.

Nadie aprendió nada. De nada valieron las lágrimas de cocodrilo derramadas por Úrsula. Pero hay muy malas noticias para ella: Marina sí aprendió y Germán tiene un par de años más en el ruedo; el amor que se tienen es mucho más real de lo que dichos personajes pretenden minimizar. No habrá decisiones apresuradas a pesar del destino circular. Porque ése mismo destino es el que impone la ley divina de que ellos serán felices de todas formas más allá de todos y de ninguno.

Fernando A. Narvaez