El DiegoPara July (que en unos días viaja a Alemania)

Los domingos, el tipo se levanta distinto. No existe otra cosa que no sea la pasión que le regaló el fútbol.

Amanece con la rapidez diligente para ir a comprar las facturas y los diarios de los cuales, extrae datos, estadísticas y tablas para nutrirse de probabilidades. Al llegar a su casa y mientras prepara el mate, va en busca de la calculadora para ordenar matemáticamente todos sus números.

Estudia la formación de su equipo y la del rival. Vigila atento la cantidad de amonestaciones que tiene el “Astro” del equipo al que enfrentarán la fecha siguiente y le reza a la “Virgen de las Amarillas” que haga aparecer una amarilla más si sólo le falta una para no jugar. Hace esto sin siquiera imaginar que, a lo mejor, su vecino está rezándole a la misma virgen la misma oración pero en relación a su propio “crack”.

Finalizado el mate prepara la indumentaria: camiseta del club, gorro al tono, bandera a modo de capa y, si hace frío, bufanda y guantes. Armadura que visten los hinchas más apasionados de todo el mundo.

Mientras se va terminando de cocinar el almuerzo el tipo sueña con la radio al oído sin escucharla. Sueña que es el arquero titular del equipo y que el campeonato se define por penales. Sólo falta un tiro, si él lo ataja su equipo se consagra Campeón.

Con el estadio repleto y enmudecido espera impaciente la orden del juez. Quiere que todo termine de una vez. El artillero del equipo contrario está dispuesto a fusilarlo. ¡Suena el silbato! El delantero comienza su carrera y él, que no se le mueve un pelo, muestra mucha seguridad de sí mismo mientras una gota de sudor helado le recorre la sien. El impacto es tremendo. Él se juega a un palo y a último momento, arrepentido, opta por el otro; justo al palo hacia el que va la pelota. Aunque siente la caída de su valla estira su brazo derecho y alcanza a rozar apenas el balón. “¡Demasiado tarde” – se dice mientras cae al suelo con los ojos cerrados pretendiendo evitar que sus lágrimas desilusionadas salgan a raudales; pero la pelota, cómplice y pícara, rebota en su cabeza y vuelve al punto del penal. El grito “¡Dale Campeón! ¡Dale Campeón!” de la tribuna lo mete en la cancha otra vez y ve a sus compañeros corriendo desesperados a abrazarlo. La pelota había pegado en el palo. Se levanta veloz y sale al encuentro del equipo…

En ese instante un escobazo en la mitad del pecho por parte de la esposa lo para en seco en el medio del living. No hubo manera de convence al juez de que la falta de su mujer era “Ley del último recurso”. El árbitro ni se inmutó. Las palabras de la mujer detienen cualquier protesta:

– ¡Menos mal que atajas! Si patearas penales tendríamos que ir a buscar al gato a Burzaco. – Cabe aclarar que viven en Saavedra – Y vení a comer así te vas de una vez que no te aguanto más.

Así pasa los instantes previos; termina la comida atragantado mientras se viste entre bocado y bocado. ¡Tiene que salir cuanto antes! No vaya a ser cosa de que se pierda el partido preliminar; de esa categoría puede salir el nuevo Maradona. Mirá si se lo pierde por dos fideos.

Una vez en el estadio el ritual es el siguiente: acaba de atragantarse con el almuerzo de su esposa, pero las hamburguesas grasosas no pueden dejarse pasar por alto. “¡Maestro! Do’ Paty y una coca! Al vigésimo grito el expendedor se entera de su existencia y le entrega su pedido con las manos sucias de grasa y de cientos de billetes y monedas que vaya a saber uno por qué lugares han andado y bajo qué circunstancias. Pero no importa, los rituales son los rituales.

La ubicación en la tribuna es la de siempre, o al menos el mismo sector; la gente de alrededor, también, es la misma de siempre. Cuestiones cabalísticas que la razón está muy lejos de comprender. Está todo listo y el partido en un rato comienza.

La radio pegada al oído escuchando la transmisión desde los vestuarios y desde otras canchas, comparte información con sus colegas y discute sobre el árbitro que dirige el encuentro y del cual no se olvida porque no les cobró un penal el 24 de junio de 1994 a las 16:43 hs. en cancha de River contra el equipo “tal” en el arco que da al Río de la Plata por culpa del juez de línea que cobro un fuera de juego que había quedado pendiente del mundial de Italia’90 y lo fue a cobrar justo cuando iban 24 minutos 46 segundos del segundo tiempo y su equipo perdía 3 a 2 con goles del “Moncho” Palacete en dos oportunidades y del “Rafa” Hernández para el rival y de “El Japonés” García y “Panfleto” Benítez que había hecho un gol desde 16,35 mts con una velocidad de 74 kms por hora para su equipo.

Una vez comenzado el partido todo cambia, se posee, grita, se calla, se abraza con desconocidos, discute con conocidos, llora, ríe, insulta y llega un punto en el cual, el resultado es lo de menos. Importa que el equipo gane, guste y, si puede, golee. Aunque si empata estamos hechos y si perdemos: “¡No me importa una mierdaaaa!

Sale del estadio en lenta caravana hacia algún punto donde encontrar un bondi que lo escupa cerca de la casa. Viaja con la oreja pegada a la radio escuchando una y otra vez la repetición del relato de los goles y, como es de esperarse, si su equipo ganó los vuelve a gritar; y si no, vuelve a soltar sus lágrimas. Lágrimas de macho. Lágrimas de hincha.

Hinchas de todas clases sociales se juntan en un mismo lugar: La Pasión por el fútbol. Y es que el fútbol es el deporte de ricos y de pobres, mal que le pese a unos pocos, por excelencia. Lo juegan los pibes en los potreros con pelotas de trapo y zapatillas cosidas o pegadas con cinta de embalar, y lo practican en los Countries los “chicos bien” con sus botines de suela de colchón de aire/electrónico/computarizado y con pelotas teledirigidas a distancia por controles remotos de última generación. Por algo los grandes jugadores salieron y salen de barrios carenciados. Si no mirálo a Tévez, a Riquelme, al mismísimo Maradona.

Está la parte política y económica del negocio, la sucia, la que le pone precios multimillonarios a las piernas de un jugador, la que compra árbitros. Temas de discusión de toda la semana que, para el hincha, se borran automáticamente cuando empieza a girar la pelota. El poder de los colores de la camiseta borra toda le porquería económica y televisiva.

El fútbol hace que madres, hijas, hermanas, abuelas, tías, mujeres en general; se olviden de sus fobias futbolísticas cada cuatro años. Cada vez que se juega un Mundial, el planeta entero gira alrededor de una pelota. Ni los Beatles lograron eso. Un gol de la Selección Argentina en un mundial proyecta hacia el espacio el grito más estruendoso que se haya escuchado jamás en esta tierra. Treinta y pico de millones de argentinos gritando al mismo tiempo: ¡Goooooooooool! Y los que dicen que aborrecen el mundial, los menos, yo sé que por lo bajo, aprietan el puño y dicen para adentro: “¡Vamos, carajo! Y si no es así no importa, tendrán que soportarnos.

2006 Mundial de Fútbol en Alemania. ¡AGUANTE ARGENTINA, CARAJO!

Fernando A. Narvaez

Nota acerca de Kike: Como novedad, esta vez, se ha abierto el “Blog de Kike” la dirección es http://blogdekike.wordpress.com y el feed del sitio: http://blogdekike.wordpress.com/feed/

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