Durante los últimos 36 años de mi vida escuché decir a todo el mundo, que tal o cual cosa era como tocar el cielo con las manos. Siempre creí que era algo prácticamente imposible.

¿A que se referirían? Supongo que sería a la máxima expresión de la alegría. Un aumento de sueldo, un ascenso en el trabajo, jugar y ganar la final de un Grand Slam, hacer el gol que le dé el campeonato mundial a tu selección.

Tal vez sea el momento máximo de una relación sexual, aunque algunos dicen que se le ve la cara a Dios. Me parece algo sumamente teológico para el mayor placer terrenal.

Siempre me pregunté si las manos de alguien son merecedoras de rozar apenas algo tan majestuoso como es el cielo. Al fin y al cabo si estuviéramos hechos para tocar el cielo con las manos deberíamos tener alas, y no es así.

Osadía propia de la orgullosa decadencia y limitada humanidad.

Somos demasiado pequeños, ni los poderosos del mundo podrían hacerlo, en lo personal creo que estos sujetos están más cerca de aquello que llamamos infierno.

Tocar el cielo con las manos es algo que no me salió decir, mucho menos sentir. He tenido momentos de extrema alegría, por supuesto: el gol del Enzo a Polonia, el del Beto Alonso a Boca con la pelota naranja, el doble en el último segundo de Ginóbilli en el primer partido de las Olimpíadas, unos ojos, un amor semi correspondido, la sonrisa de mis dos Ángeles. Salvo esto último, nada me acercó a tocar el cielo.

Pero las cosas pasan y la vida gira, como decía García Márquez. Y en una de esas vueltas, tal vez sin quererlo, el destino me puso delante tus ojos claros como el agua de un arroyo, dulces como el néctar libado de tu propia espina dorsal. Puso tu piel en contacto con la mía, temblé y no de frío, mi torrente sanguíneo entró en ebullición. El sabor de tus labios dejó atrás el recuerdo de las frutillas más dulces de la comarca. Tu aliento es durazno, tu saliva miel y aquellas frutillas se impregnaron en nuestra piel.

Me hablaban de tocar el cielo con las manos. Después de tu aparición no existe tal cosa. Vuelo, floto y me elevo. Nos crecieron alas y, por vez primera, somos lo que siempre quisimos ser.

No existen manos que toquen el cielo, sólo alas que lo vuelan y pies que caminan sobre él. Miro tu cuerpo y alrededor suyo sólo veo algodón en forma de nubes. Las constelaciones de este nuevo cielo confluyen en tu ombligo, sabio y generoso centro del universo.

La noche y su luna se hacen día y sol en tu boca. De tu pelo brotan los rayos del astro que no encandilan, sino que calientan la frialdad de mi alma y la deja en el punto justo de no poder parar de amarte.

Desde que apareciste en mi vida lo único que hago es caminar en el cielo, en tu cielo, en nuestro cielo. No hay hormigón, ni humo, ni dinero, ni tarjetas de crédito, ni balas, ni autos, mucho menos guerras. Solamente Paz, Besos, Belleza, una caja de chupetines, tres bolsas de caramelos, una ensalada de frutas gigante alojada en tu cuerpo y AMOR.

Amor del puro, del bueno, del más adorable venerable degustable apacible congraciable verdadero sorpresivo escandaloso digno respetable pacífico indudable y sereno AMOR.

Belleza absoluta y contundente hay en este nuevo mundo que me presentaste. Un mundo en el que la única forma de tocar el cielo con las manos es agacharse y poner las palmas de las manos junto a las plantas de los pies.

Fernando A. Narvaez

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