Monedero Desde muy pequeño tuve la ilusión de tener mi propio colectivo. Mi viejo me llevaba a todos lados en bondi. No importaba el lugar al que fuéramos, la magia radicaba en el mundo del colectivo en sí mismo: la máquina de la cual los choferes cortaban los boletos, los monederos de 4 ó 5 tambores y las cajas de madera con tapas para poner sobre los billetes desde los cuales te daban el vuelto.

La decoración del colectivo: los banderines del equipo del que fuera hincha el chofer, los nombres de los familiares del mismo tallados en los espejos, el imán de la Virgen de Lujan, los filetes, el dado que coronaba la palanca de cambios y las dos barras en la trompa a modo de bigotes de gato.

El espejo redondo y convexo, delator del descenso del pasajero, colocado estratégicamente sobre la puerta trasera.

Los carteles en la base de las ventanas: “No escupir ni salivar en el suelo”, “Prohibido sacar los brazos por la ventanilla” y “Prohibido abrir la ventana en época invernal o de baja temperatura”

De muy chico había prometido cortarle al Duende, el boleto capicúa que completaría su colección. A cambio de eso, él escribiría mi historia.

Jesús Gómez

Jesús Gómez ansiaba ser colectivero desde muy chico. Imaginaba un mundo maravilloso sentado en la butaca hilvanada de cables, y adornada con algún almohadón comprado en “La boutique del chofer de bondi”.

Creció y evaporó su infancia en suaves fantasías. Fantasías en las cuales, llevaba a toda su familia a distintos destinos. No le interesaba manejar un “Larga Distancia” él quería ser chofer de la 41 y hacer su recorrido desde Munro hasta Plaza Once.

A los 40 y después de haber sido gerente de una empresa durante 15 años, Jesús se quedó sin trabajo. Nunca tuve muy claro si se fue, o si sólo dejo de estar y decidió irse. Porque quedarse no es estar y él hacía mucho tiempo que estaba… pero en otro lado.

El caso es que sintió que estaba en una etapa de su vida, en la cual, lo mejor sería disfrutar de ella.

Jesús tiene una esposa maravillosa y dos pequeños hijos que alumbran cada instante de su salvación, si ellos no existieran en su vida, él ya hubiera abandonado el partido hace mucho tiempo. Se había quedado sin trabajo y se prometió que no iba a fallarles.

Dejó su auto en el garaje y comenzó a viajar en colectivo. Consciente de su edad y de la dificultad que esto representa para conseguir empleo, puso en práctica sus atributos de “vendedor seductor” para ganar el corazón de algún chofer de la 41.

Habló tanto con los choferes durante 3 meses, que hasta los pasajeros lo conocíamos. Había dejado de viajar en colectivo hacía algo más de 10 años y descubrió que la imagen que tenía de ellos había cambiado bastante. La primera desilusión fue cuando subió con su billete de $5 y tuvo que bajarse a conseguir monedas. Habían cambiado los monederos de antaño por “monederas” modernas en las cuales, sus visores electrónicos, lo invitaban a Jesús a “indicarle su destino al conductor”. ¡Ni que fuera vidente! – pensaba mientras compraba en un kiosco un paquete de cigarrillos, con otro lleno en el bolsillo de su campera.

Ya desde su auto había advertido la escasez de filetes y, una vez dentro, vio que ya no estaban los espejos convexos de la puerta trasera y notó que los dados de las palancas de cambio, habían sido jugados en alguna mesa de no se sabe qué casino del triángulo de las Bermudas, puesto que habían desaparecido. Las cajas de cambio de los bondis ahora son automáticas.

Yo tomo el 41 todos los días para ir al trabajo; esto de escribir, por ahora, no deja dinero. En uno de esos viajes conocí a Jesús. En uno de esos viajes, Jesús se enteró que la empresa estaba tomando choferes. El “Negro” López, conductor del interno 24, le había conseguido una entrevista con el jefe de personal. Si bien no era nada concreto, Jesús lagrimeó la emoción de jamás haber estado tan cerca de su sueño.

Pasaron varios meses hasta que volví a verlo. Iba sentado al volante del interno 41 de la línea 41 y tenía… 41 años. Como un destello del destino, el sueño conspiró en números y se hizo carne en la piel de Jesús.

Su familia, cómplice del sueño cumplido, resignó horas compartidas ya que, el nuevo trabajo, le ocupaba buena parte del fin de semana y, en ocasiones, muchas horas nocturnas.

Él era feliz dentro del mundo que había soñado de pequeño y siempre le buscaba el lado positivo al asunto, por ejemplo: Cuando le tocaba trabajar los fines de semana de madrugada, él veía cómo subían los jóvenes a las 6 de la mañana a la salida del boliche. Sufría al imaginar a sus hijos en el estado de alguno de esos menores. Muy lejos de prohibirles las salidas, Jesús sabía que gracias a esa vista, les permitiría las experiencias pero les marcaría los límites de los excesos.

Hace 2 años que Jesús es colectivero y yo, ocasionalmente, su pasajero (cuando subo a su coche él no me cobra)

Jamás me cortó ese boleto capicúa que incompleta mi colección. Pero él es feliz y yo, que no puedo dejar de perseguir mi sueño, estampo el de mi amigo y lo pongo en palabras, porque no hay promesas incumplidas cuando ya no quedan boletos que cortar.

Maldito Duende

N del A: Va en homenaje a todos aquellos que persiguen y cumplen sus sueños, uso la figura del chofer de colectivo a pedido de mi compañera de trabajo Mariana y porque siento que los escritores, somos un poco colectiveros: llevamos al pasajero/lector por un recorrido/texto predeterminado por nosotros o por alguna fuerza ajena a nuestra persona y, los pasajeros/lectores pueden optar por qué colectivero/escritor los acerca mejor a su destino.

Fernando A. Narvaez