CastilloEn el Castillo de la Desazón yace su cuerpo a la intemperie de un día lluvioso. Tenía el corazón destrozado y los ojos bien abiertos hacia el cielo, recibiendo la lluvia que en el resto del planeta no existía. Llovía por y para él. Al menos lo hacía en su alma, la lluvia era tangible, se le hacía carne en la piel y sus sentidos se perdían ahogándose en ella.

Ella estaba lejos y le había escondido, quizás sin quererlo, toda esperanza en el bolsillo. Él sabía que estaba guardada ahí pero por más que buscó, quizás por algún artilugio del destino, el bolsillo se había cerrado.

Su mano tanteaba el suelo y, aunque la oscuridad la cegaba, no paraba de buscar el amor perdido ¿Por qué se había ido? ¿Qué la había impulsado a huir? ¿Cómo lo había dejado sin avisarle? ¿Cuándo volvería a verla?

Hacía mucho tiempo que convivía con estas preguntas y nunca jamás halló las respuestas. Pasaron tres años de su partida y él intentó compartir ese tiempo con la resignación de no tenerla que, caprichosa y empecinada, no llegó ni tarde. La vida se le tornó insoportable sin su compañía, sin su mate y su beso a la mañana, sin su piel durante las noches para compartir el amor.

Por más que intentó salir adelante, la herida en su corazón no cerraba. El amor junto a su mujer, gran compañero de batallas perdidas, lo abandonó y se convirtió en un perfecto extraño. Se estaba dejando vencer y había decidido no luchar más.

En ese castillo que se desmoronaba junto con su alma, yacía su cuerpo bajo un sol lluvioso. El viento le trajo en un susurro lo que él tanto quería escuchar: “Ve con ella que te espera

Se dejó caer, estaba vencido. Sintió dolor al momento de aquella rebanada de aire en sus muñecas. El cuchillo, filoso y dulcemente certero, se encontraba tendido a unos centímetros de su mano. Su alma comenzaba a abandonar su cuerpo.

Una escalera larga y de peldaños eternos, se anteponía entre él y la mujer que tanto amó en vida. Sabía que al final de ella se encontraba su tan extrañada amada. No se resistió a avanzar.

Mientras su cuerpo se convulsionaba, su alma se hacía más grande ante la mágica presencia de lo que tanto extrañaba. Al final de aquel camino estaba ella. La incandescencia de sus ojos y la amplitud de su sonrisa lo aguardaban para volver a poseerlo. Cuando estuvieron frente a frente, ella lo tomó las manos y sanando las heridas de sus muñecas le dijo: Acá no hay nada que nos lastime. Acá estamos vos, yo y la inmensidad de nuestro amor.

Al mismo tiempo, en aquel viejo y casi desmoronado castillo, su cuerpo exhalaba su último aliento.

Unos días más tarde la policía encontró el cuerpo de un hombre en un departamento de la zona de San Telmo junto con una carta que decía

“Me voy de este castillo detrás de mi amada.”

El cuerpo de aquel hombre, curiosamente, tenía grabada en su rostro una sonrisa muy grande.

Fernando A. Narvaez

Lo que viene: La historia de "Osvaldo el Semáforo" a pedido de Tam