Me llamo Osvaldo y soy un semáforo. Me plantaron en ésta esquina hace ya no sé cuántos años, lo que sí puedo decirles, es que soy uno más de los tantos soldados que intentamos ordenar el tránsito en ésta apocalíptica ciudad; cabe aclarar que conjugo el verbo intentar, porque son cada vez menos los que nos respetan. Acá, en ésta esquina, podemos decir que cumplo mi trabajo en un 80% ¡peor están los del ejército de la Av. Córdoba! Tengo dos primos ahí: uno en la esquina de Paraná y el otro en la de Serrano, que me cuentan que los viven “cortando” en amarillo.

¡Ojo! No soy un semáforo cualquiera. ¡A no confundir! En mi parte superior cuento con dos juegos de luces para controlar lo que va y lo que viene. Promediando mi anatomía, tengo otro juego que mira al frente y, un poco más abajo y dispuestos de forma perpendicular, hay dos hombrecitos: uno rojo que está parado (como el del baño de hombres) y otro de color blanco que simula estar caminando o querer escaparse. Si yo me pongo rojo, el hombre se viste de blanco queriendo irse, pero como yo no quiero que se vaya me pongo verde y él, caprichoso y para contradecirme, se queda inmóvil con su traje rojo. Así paso mis días, jugando con el señor a que se va y que se queda.

Desde acá arriba, podría intentar hacer un ensayo sociológico que trate acerca de la evolución del humanidad, en función de los modelos de sus autos. Los que ayer eran Fiat 600 hoy son Fiat Palio

Ayer ocurrió algo raro. Cruzó mi esquina Javier, un muchacho que tenía un taller de chapa y pintura en la zona de Caseros. Siempre pasaba en su Ford Falcon modelo 1973. Hace dos semanas que no lo veía por acá y ayer me pareció verlo en un Audi A3, supuse que sería de algún cliente, pero mi sorpresa fue rotunda cuando, al otro día del hecho, pude ver en los diarios que vende un pibe acá en la esquina, que nuestro amigo Javier fue elegido senador. ¡Qué bueno que a la gente le vaya tan bien! Espero que con todo el mundo pase lo mismo, aunque no creo demasiado que así sea.

Son las 22:45 hs. Ahí vienen Sofía y Roberto. Me divierte ponerme en rojo cuando ellos llegan porque ella es tremenda. Al instante de detenido el auto, se arroja sobre Roberto para manosearlo; parece que quisiera conducir ella por la insistencia con la que busca la palanca de cambios. Y él, confabula contra las leyes de la mecánica automotriz, erigiéndose en la prueba rotunda de que no es automática la caja, sino su palanca.

Siempre soñé con ser un semáforo de 9 de Julio y Corrientes. Por esa esquina circulan centenares de autos por minuto y por cada vez que el compañero se pone en rojo, se deben divisar entre 30 y 50 vehículos.

Supongamos que la frecuencia del rojo es de 2 minutos, eso hace un total de 30 puestas en rojo por hora. Si tomásemos el horario que va entre las 9 y las 19 (horario de mayor actividad) lograríamos un total de 300 detenciones vehiculares; tengamos en cuenta un promedio de 40 autos visibles por detención (desde nuestro lugar, claro está) obtenemos un total de 12.000 móviles en el horario de mayor tránsito. Seamos generosos y calculemos que de ése total de hombres al volante, sólo un 20% escarba su nariz con el índice o pulgar de cualquiera de sus dos manos, conseguiríamos un total de 2.400 individuos. Esto hace 72.000 en un mes y 876.000 en un año. A ésta cifra multipliquémosla por 2 ya que son dos direcciones en las que circulan los autos, nos da la fría suma de 1.752.000 mocos arrojados a la vía pública durante un mes en una sola esquina del centro porteño. Mocos que son pisados por las ruedas de los vehículos que vienen detrás y que vaya a saber dónde terminan siendo arrojados. Imagino aquí, la mayor causa de los accidentes de tránsito. Las calles están llenas de mocos. Éste es el momento en que solicito la acción del gobierno, para que ponga fin a tamaño flagelo, porque lo primero que dicen ante un accidente de transito es: “El semáforo no funcionaba” ¡Justicia, compañeros!

Mi esquina es la de Lope de vega y Beiró, desde ese lugar monitoreo que todo salga bien. Pero no estoy solo en esta lucha, tengo a mi izquierda a Alfredo, a mi izquierda a Julián y frente a mí a mi primo hermano Rigoberto. Todos fuimos concebidos en la fábrica de semáforos más exclusiva del mundo, nuestros diseños a franjas horizontales en cálidos colores negros y amarillos nos dan ese “touch glamoroso” que sólo los mejores de nuestra estirpe podemos tener.

Desde mi esquina suelo ver al Duende, mientras espera a su mujer en la confitería que engalana mi esquina, con una lapicera en la mano, un cuaderno en la mesa y una taza de café acompañando su cigarrillo, mientras arma y desarma vaya uno a saber qué historias.

Perdónenme un minuto, me llama Rigoberto.

¡Ah! Si, si. Disculpen pero mi primo me dice que es la hora de nuestra recreo. Así que con esto me voy despidiendo, los dejo en compañía del Duende que algo seguro se le va a ocurrir.

¿Qué cuál es nuestro recreo? ¡Muy fácil! Nos pondremos a titilar en amarillo un buen rato. ¡Es buenísimo! No se imaginan los desastres que podemos armar.

¡SALUD!

Osvaldo el Semáforo

 

N del A: Hace unos días, me encontraba esperando a mi mujer en un bar de Lope de Vega y Beiró, con mi lapicera en la mano y el cuaderno en la mesa (tal como cuenta Osvaldo) y sin que se me cayera una idea, decidí mandar un mensaje de texto a alguno de mis familiares y amigos pidiéndoles encarecidamente me suelten por algún camino. Alguien me pidió que escribiera sobre lo que pasa en un semáforo cuando esta en rojo y salió esto. Para vos TAM y Gracias.

Fernando A. Narvaez