Cuando la mañana invadió a Karina, el plomo del cielo amenazaba con caer sobre su cabeza. Se levantó sigilosa, pendiente de no romper el silencio que reinaba en su departamento. Si bien vivía sola, le gustaba imaginar que sus ruidos matinales, pudiesen despertar a la persona que, ella soñaba, dormía a su lado. Imaginación que sólo podía producir la insistente soledad. A ésta altura de la mañana, Karina, ni se imaginaba que el marrón, sería el color que marcase su destino.

Damián compartía la pieza de la pensión con un sujeto que, según le habían dicho, era su hermano. Si bien él nunca lo creyó, aprendió a aceptarlo como tal. El supuesto hermano, era un chico de unos 12 años y Damián lo ayudaba en todo lo que estuviera a su alcance, lisa y llanamente… lo mantenía.

Para sobrevivir, Damián tenía dos trabajos: por la noche era mozo de un bar, si bien no gozaba de un sueldo alto, las propinas se constituían en una muy buena razón para que Damián se sometiera al maltrato sistemático de los clientes.

Al momento de despertarse en esa mañana plomiza, había dormido apenas dos horas. Ese pequeño sueño le daba las fuerzas necesarias para ir en busca de las facturas para el desayuno, antes de ir a su otro trabajo. Damián ni se imaginaba que el verde, sería el color que marcase su destino.

Karina trabajaba en un banco en el centro porteño. Al igual que Damián, se hallaba sometida de forma constante al maltrato de los clientes. Ese viernes iba a ser un día demasiado largo, la suma de los malos tratos, más el cielo gris y el ambiente húmedo, pronosticaban para Karina y para cualquiera, una jornada demasiado larga. El marrón se le acercaba y ella ni lo intuía.

Damián, además de mozo, trabajaba de carterista. Su especialidad eran las carteras de las damas y los bolsillos de los caballeros (como era de esperarse). Damián era tan sigiloso como Karina al despertarse, con la cartera te robaba el alma. Sus dedos se deslizaban con tanta cautela que te devolvía la billetera al bolsillo o a la cartera sin que vos te inmutaras. Estamos de acuerdo, era un ladrón, pero tenía principios, se robaba tu dinero, no tus afectos y te devolvía la billetera dejándola tal como la tenías y en la misma posición. Era el maestro del “carterismo”. El verde se le acercaba y él ni lo intuía.

Karina vivía en Villa Urquiza y viajaba al centro en subte. Hacía el trayecto que va desde Los Incas hasta Florida en los horarios de mayor afluencia de pasajeros. Viajaba sintiendo lo que sienten las sardinas en una lata, difícil era que se pudiera sentar. En realidad nadie viaja sentado a esas horas, sino que lo hacen amontonados en los asientos. Esa tarde de viernes el marrón se acercaba y Karina sufría su viaje de vuelta.

Damián aprovechaba los horarios de mayor cantidad de pasajeros para desarrollar su “arte”. Yo ya lo conocía porque lo había visto trabajar contra varios pasajeros y contra mí mismo; cuando me vio, decidió que el vagón no era seguro y pensó que lo mejor era darse vuelta y encaminarse hacia el siguiente. Esa tarde de Viernes el verde lo esperaba a la vuelta de mi vista y Damián sufría por no poder atacar a su víctima.

La combinación del rojo y el blanco nos da el rosa, la del amarillo y el rojo nos tira un naranja. Con el amarillo y el azul obtenemos el verde, si lo hacemos con el rojo y el azul nos cargamos con el violeta… para Karina y Damián fue todo distinto, el verde de los ojos de ella y el marrón de los ojos de él, combinaron en amor a primera vista, sus ojos combinaron en letalidad y ya nada hizo recordar al gris plomizo de la mañana. Damián se olvidó de la cartera siguiente y Karina supo al instante que a partir de la próxima mañana, debería levantarse más sigilosa que de costumbre.

Se bajaron juntos en la estación Carlos Gardel y fueron a tomar un café en el Abasto.

Fernando A. Narvaez

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