Hace diez meses que la Diosa camina a mi lado y no me pregunta a dónde vamos, sólo viene. A mí me pasa algo parecido: cuando estoy con ella sólo quiero estar ahí; pero cuando ella se ausenta, sólo pienso en el lugar donde estaremos juntos menos que pronto.

Hace diez meses que cuando La Diosa me mira me desarma. Pero pasa que cuando no está conmigo siento que me desarmo igual, porque su mirada perdura en mi cuerpo más allá de los tiempos y de las distancias concebidas por la fatalidad del trabajo y demás menesteres que nos impiden el poder rozarnos.

Diez meses pasaron desde que mis patas ya no chapotean en charcos de soledad y decepción. Hace exactamente el mismo tiempo que ella llegó a mi vida para quedarse y para arrebatarme los miedos al futuro, al pasado y, sobre todo, al presente. Y es que ella es el bálsamo que curó y que emparchó mi alma apedreada por la poca consistencia de mi vida.

La Diosa te baila una danza ventricular en un dos por cuatro o te “rocanrolea” un malambo al compás de los violines. Y yo que no conozco ni mis pies, me quedo pasmado ante cada movimiento de sus pasos.

Yo nunca había sido gran cosa, me había especializado en romper o tirar lo poco que había ganado. Hormiga laboriosa del “no guardo nada” y experto en recibir en la cara, las risas de la cigarra. Deshacía mi existencia en soledades abruptas escondidas detrás del “necesito estar solo para pensar” y del viejo enfermo y conocido “así estoy mejor”. Pero no hay años que duren cien males, hace diez meses su sonrisa me devolvió mi compañía y me brindo la suya.

Puedo no caminar a su lado pero no camino solo. La soledad es un estado con toque de queda, cercado por mi pasado, condenado a perpetua en la cárcel del presente e internado en terapia intensiva en el hospital de mi futuro. Porque la viví la conozco y sé que no la quiero. Con la sonrisa de La Diosa todo es más simple.

Desde hace diez meses que las sábanas de los fantasmas del pasado fueron a parar al lavarropas. En la generala de la vida, La Diosa se me sentó a la mesa y me tachó la doble poniéndome un cero al as. Me ganó un envido con catorce y me gritó “Truco” con el cuatro de copas. Mis alfiles, caballos y torres huyeron espantados ante la presencia imponente de sus peones. Y a mí que no me importa perder si es ella quien me gana. Y ella que me ganó.

Hoy, a diez meses de su llegada, mi Diosa me embriaga en universos de bellezas, en galaxias de corazones estrujados por las ternuras y en mares de lágrimas muy bien paridas por las emociones. Hoy a diez meses de que mi vida cambió, me siento yo mismo por primera vez desde la última. Y como ya le dije en más de una oportunidad: Diosa, Gracias por mi vida.

Fernando A. Narvaez