Cuando Germán conoció a Poly nunca imaginó que ella, con su sonrisa contagiosa, iba a llevarlo de la mano por el sendero que desembocaba, directamente, en el cementerio de sus fracasos.
La casualidad los había reunido a ambos extremos de una conversación telefónica. Los cables que los separaban, llevaban sus voces a través de la distancia y las unían en una danza de pasiones que, para ellos, era imperceptible.

Un ángel conspiraba, distante, en favor de su amor. Disparaba flechas certeras a sus corazones haciendo que estuvieran cada vez más cerca.

Se conocieron una tarde de junio de ya no me acuerdo qué año y, supieron al instante que sus vidas, cambiarían por el resto de sus días. Ella no pudo soportar la profundidad de la mirada de Germán. Él tenía abollado el corazón por tantos golpes y supo que en la risa de Poly, estaba escondido el asfalto que taparía sus baches.

Al primer ángel se sumaron otros y la conspiración se hacía cada vez más intensa. Pero intensidad no es eficacia. El ángel que comandaba la tropa era demasiado novato en estos menesteres y, más allá de su tenacidad por unirlos, se encontraba el caprichoso destino.

Germán y Poly se amaron eternamente por demasiado poco tiempo. Es que el amor eterno, en ocasiones, es efímero y por más que lo intentaron en varias oportunidades, jamás estuvieron en los mismos tiempos.

Los ángeles siguen delineando un plan definitivo ¿quién sabe si no habrán pensado en dejar las cosas como están? Al fin y al cabo, al estar separados no tienen posibilidad alguna de maltratar su amor.
Quizás éste sea el plan que los ángeles elaboraron para ellos: Germán y Poly, lejos el uno de la otra, amándose en silencio y eternamente cada uno en su universo. Conviviendo con el recuerdo de un amor que nunca dejó de ser y que, a la vez, nunca podrá ser.

Fernando A. Narvaez

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