El silencio, acodado en la barra del bar, cegaba su visión ante la voz de la ausencia que gritaba la exigencia de su compañía.

La ausencia extrañaba al silencio. A veces pasa que estando tan solos, lo único que oímos es la voz de quien nos abandonó.

La ausencia quería eso: silencio. Que las voces del pasado se callaran de una reventada vez y que dejen de acosarla con escandalosas palabras dulces, dichas hace mucho tiempo. Palabras que ya no volverían a repetirse en vivo y en directo, sino sólo en su cabeza.

El silencio lo sabía y por eso no se callaba, gritaba a la ausencia y desde ella misma se mantenía a distancia. Pero el silencio es la ausencia de sonido y la ausencia no lo escuchaba. Pero nada puede con el poder de la mirada. Se miraron, salieron a bailar y se enamoraron.

Pasaron sus años en compañía ausente y silenciosa, con silencios gritados y ausencias muy presentes. Se encariñaron, se amaron, se acostumbraron. Ella y él solos por el mundo y navegando por un sueño de cielos de gritos y presencias.

Y en la bar ella llora su presencia y el grita su silencio. Y así seguirán, el uno en la otra y la otra sin que su vida sea algo sin el uno. Juntos y dueños de una silencio ausente por nacer.

Fernando A. Narvaez
La pintura es de Fernando Cervantes

Pd: Para bajarte parte del libro del Duende hacé click en la imagen de la tapa, a la izquierda de la pantalla.