Un bar es, como todo el mundo sabe, un lugar donde nacen, crecen y mueren buenas y malas historias. No sólo hablo de historias de amor. ¿Cuántos destinos de cuántos paí­ses se definieron en la mesa de un bar con una botella de whisky de por medio?

Siempre mantuve la creencia de que el cigarrillo (para los fumadores) es la medida justa para todo, si sacás al perro lo mirás y le decí­s: “Me fumo un pucho y volvemos” o, después de comer: “Termino el cigarro y me voy a dormir”. Así­ como el cigarrillo es el tiempo exacto que transcurre entre el estar y el hacer, las grandes decisiones y las verdaderas historias, nacen, crecen y mueren en un bar.

El Bar del Duende o cantina, o bodegón o, simplemente antro (no sé bien cómo definirlo, lo cierto es que nunca llegará a restaurant, mucho menos de categoría) no tiene dirección comercial fija, lo que sí­ se conoce es que opera por todos los barrios de la Capital Federal. Abre sólo los sábados y, cuando decide en qué barrio se instalará, un Duende de dudosa calaña, recorre sus calles desde el jueves, buscando corazones en llamas para invitarlos al bar. Quizás allá­ encuentren el punto exacto donde relajarse y sobrevivir a sus heridas.

Si bien no consta en las efemérides locales, fue fundado hace algunos años por un Duende llamado Raymi. Éste habí­a sido expulsado de los Bosques de Ezeiza por su extrema admiración por la raza humana. Después de vagar por el mundo unos doscientos años, su decepción era tan grande que intentó volver a su bosque. Fue cuando el Rey Supremo de los duendes le puso como condición para su retorno, que debí­a encontrar un hombre dispuesto a convertirse en Ángel para una misión más que extrema que le habían solicitado sus superiores.

Raymi se topó con Milton, un joven del barrio de Saavedra al que creyó idóneo para cumplir con la tarea que le habí­an encargado. Finalmente, Milton resultó un fracaso. Desde entonces y, en función de la amistad que terminaron formando, Raymi fundó el bar itinerante y Milton es quien lo atiende desde atrás de la barra.

¿Qué historias se vivirán en el bar? ¿Con qué personajes nos toparemos aquí­ dentro? Sólo el tiempo lo dirá…

Fernando A. Narvaez

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