Si bien el Bar del Duende deambulaba por la ciudad, su diseño interior y exterior era el mismo en todos los barrios. La entrada era toda de madera, con dos ventanas muy grandes a ambos lados de la puerta con forma de arcada. Un cartel muy grande sobre la puerta oraba lo siguiente: “Bar del Duende / Roto-Bar”. El muñeco gigante de un duende de dos metros, coronaba la esquina y lo convertía en el guardián perfecto de dicho antro.

Al ingresar en el local te impactaban los adornos, como se dijo anteriormente, Raymi hacía doscientos años andaba por el mundo de los humanos, con lo cual, su devoción lo había convertido en un coleccionista de objetos. Estos objetos estaban colocados por todo el bar y se hallaban divididos por sectores temáticos. Teléfonos, fonógrafos y botellas de gaseosas de todos los tiempos eran un clásico del lugar.

La barra en el fondo del local, tenía en su frente una pecera que impedía la visión del interior de la heladera que se escondía detrás.

Cuando el bar estuvo por Villa Urquiza, el jueves anterior Raymi toco a mi puerta. Sabía de mi afición por la escritura y me comunicó la novedad de que me había nombrado testigo oficial de aquel tugurio. Desde ese entonces soy quien plasma en papel las historias que allí se desarrollan.

Cuando entré por primera vez al lugar, no sólo me llamo la atención el sitio en sí mismo. Lo más llamativo fue que no sólo Milton trabajaba en el lugar, además de él se encontraban Layla (recepcionista), Iael y Joani (camareros). Tres ángeles del Amor que habían sido separados de la fuerza, momentáneamente, por su torpeza…

Fernando A. Narvaez

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