…por VACACIONES. CHAU

El Duende celebra el primer año de vida en: Anhedonia.

Fernando A. Narvaez

Mesas y Laberintos

100 mesas y 400 sillas son una buena parte del mobiliario del bar. Mesas que están delicadamente diseñadas para que te sientas cómodo, no pasa por un diseño anatómico, sino que son mesas y sillas de amigos, de amores, de horrores, de llantos, de pudores, de risas y de ausencias compartidas.

Habían sido fabricadas en una carpintería de Villa Urquiza hacía 50 años. Las circunstancias que las llevaron al antro son un tanto sospechosas.

Cuando Raymi decidió inaugurar el bar buscó, por muchos tugurios, el tipo de mesa que más se acomodara al estilo de su bar. Fue en uno de esos tantos lugares que, al sentarse exhausto a la mesa de un local en La Paternal, ella le contó su historia.

Le habló de sus 99 hermanas y de sus 400 sillas aliadas, de su primer viaje en camión todas juntas, y de cómo con el correr de los años fueron siendo separadas, sin saber una, casi nada acerca de las otras.

Raymi supo al instante que, esas, eran sus mesas. La condición fue que, ellas sólo irían, si el vino se servía en los viejos pingüinos de sus años dorados. No hubo inconveniente en llevar a cabo su deseo. El problema se presentó con la novedad de que en ese sitio sólo existían 6 de la partida original y el Duende quería las 100.

Pero no hay nada que se proponga un Duende que no pueda llevarse a cabo. Recorrió la ciudad a lo ancho y a lo largo, llegó a viajar por todo el interior del país para conseguir datos que lo llevaran hasta sus mesas. La inauguración del bar se postergó cerca de un año, a causa de 10 mesas que estaban en un cabaret de Avellaneda que había sido clausurado por la policía.

Finalmente se juntaron las mesas. Si bien Raymi no podía volver al bosque del que había sido expulsado, contó con la incondicional complicidad de los duendes carpinteros que allí vivían para restaurar las mesas que se encontraban en peor estado.

Inaugurado el bar, pude sentarme a la misma mesa que le había susurrado su historia a Raymi. Me recibió y al instante me sentí encantado por ese ser cuadrúpedo de madera. Me contó entre sueños acerca de la necesidad, casi coreográfica, que tenía ese grupo de mesas de formar laberintos. Un viejo truco que habían aprendido en los bares de Parque Chas.

En dichos laberintos, nuestras mesas gozaban con el brillo efímero de los corazones que la vida se había encargado de opacar…

Fernando A. Narvaez

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Si bien el Bar del Duende deambulaba por la ciudad, su diseño interior y exterior era el mismo en todos los barrios. La entrada era toda de madera, con dos ventanas muy grandes a ambos lados de la puerta con forma de arcada. Un cartel muy grande sobre la puerta oraba lo siguiente: “Bar del Duende / Roto-Bar”. El muñeco gigante de un duende de dos metros, coronaba la esquina y lo convertía en el guardián perfecto de dicho antro.

Al ingresar en el local te impactaban los adornos, como se dijo anteriormente, Raymi hacía doscientos años andaba por el mundo de los humanos, con lo cual, su devoción lo había convertido en un coleccionista de objetos. Estos objetos estaban colocados por todo el bar y se hallaban divididos por sectores temáticos. Teléfonos, fonógrafos y botellas de gaseosas de todos los tiempos eran un clásico del lugar.

La barra en el fondo del local, tenía en su frente una pecera que impedía la visión del interior de la heladera que se escondía detrás.

Cuando el bar estuvo por Villa Urquiza, el jueves anterior Raymi toco a mi puerta. Sabía de mi afición por la escritura y me comunicó la novedad de que me había nombrado testigo oficial de aquel tugurio. Desde ese entonces soy quien plasma en papel las historias que allí se desarrollan.

Cuando entré por primera vez al lugar, no sólo me llamo la atención el sitio en sí mismo. Lo más llamativo fue que no sólo Milton trabajaba en el lugar, además de él se encontraban Layla (recepcionista), Iael y Joani (camareros). Tres ángeles del Amor que habían sido separados de la fuerza, momentáneamente, por su torpeza…

Fernando A. Narvaez

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Un bar es, como todo el mundo sabe, un lugar donde nacen, crecen y mueren buenas y malas historias. No sólo hablo de historias de amor. ¿Cuántos destinos de cuántos paí­ses se definieron en la mesa de un bar con una botella de whisky de por medio?

Siempre mantuve la creencia de que el cigarrillo (para los fumadores) es la medida justa para todo, si sacás al perro lo mirás y le decí­s: “Me fumo un pucho y volvemos” o, después de comer: “Termino el cigarro y me voy a dormir”. Así­ como el cigarrillo es el tiempo exacto que transcurre entre el estar y el hacer, las grandes decisiones y las verdaderas historias, nacen, crecen y mueren en un bar.

El Bar del Duende o cantina, o bodegón o, simplemente antro (no sé bien cómo definirlo, lo cierto es que nunca llegará a restaurant, mucho menos de categoría) no tiene dirección comercial fija, lo que sí­ se conoce es que opera por todos los barrios de la Capital Federal. Abre sólo los sábados y, cuando decide en qué barrio se instalará, un Duende de dudosa calaña, recorre sus calles desde el jueves, buscando corazones en llamas para invitarlos al bar. Quizás allá­ encuentren el punto exacto donde relajarse y sobrevivir a sus heridas.

Si bien no consta en las efemérides locales, fue fundado hace algunos años por un Duende llamado Raymi. Éste habí­a sido expulsado de los Bosques de Ezeiza por su extrema admiración por la raza humana. Después de vagar por el mundo unos doscientos años, su decepción era tan grande que intentó volver a su bosque. Fue cuando el Rey Supremo de los duendes le puso como condición para su retorno, que debí­a encontrar un hombre dispuesto a convertirse en Ángel para una misión más que extrema que le habían solicitado sus superiores.

Raymi se topó con Milton, un joven del barrio de Saavedra al que creyó idóneo para cumplir con la tarea que le habí­an encargado. Finalmente, Milton resultó un fracaso. Desde entonces y, en función de la amistad que terminaron formando, Raymi fundó el bar itinerante y Milton es quien lo atiende desde atrás de la barra.

¿Qué historias se vivirán en el bar? ¿Con qué personajes nos toparemos aquí­ dentro? Sólo el tiempo lo dirá…

Fernando A. Narvaez

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Nada más simple, para quien le costó mucho abrir una puerta y le cuesta mucho mantenerla abierta, que dar un portazo y cerrarla de una vez.

Mi puerta está para que la uses cuando quieras. Ahora… si vas a entrar, cambiame una silla de lugar para que yo sepa que estuviste…

(Contínua en Anhedonia)

Sabido es que el destino influye en la vida de la gente. O la gente cree que su vida está prefijada por el destino. Todo es atribuido a su supuesta presencia, haciendo depender de él hasta de qué lado cae la tostada. Esta es la historia de una dama que estaba, quiérase o no, predestinada a vivir su vida de la manera y en el lugar que la vivió.


Los trenes de Buenos Aires no son lo que se puede llamar, precisamente, un “lujo”. Si bien hay ramales en los que las comodidades pueden considerarse “medias”, en la mayoría de los casos, las condiciones de viaje son “deplorables”
Sin hablar del servicio que brinda la concesionaria de turno que deja todo que desear, los trenes son el paraíso del vendedor ambulante y de más de un carenciado que, en muchos casos, prefiere mendigar a trabajar. ¡Ojo! No se te ocurra no darle nada porque la cantidad de maldiciones que te endilgan, harían estallar los mismísimos cimientos de Babilonia.
De un viaje en tren podés bajar con un reloj nuevo, con medias, con el auricular potente y letal importado directamente de “Sony”, con las pilas que te van a salvar el viaje (sólo el viaje), con curiosas golosinas víctimas del 3×2 ó el 4×2 y, demás etc. Todo esto, hoy lo podés llevar, en promoción directa de su importador / fábrica, tan sólo por dos pesos. “Do pesito’ e’ lo que vale”.
Además, podés tener el diario “La Razón” por diez ó veinte centavos de mano de los pibes, que deberían estar en el colegio, que te lo importan directamente del subte donde lo distribuyen gratis.
En un viaje en tren tenés: el que toca el bandoneón, el coya con su charango y su quena a las 7 de la mañana, los folcloristas con guitarra y bombo a las 8 (no pretendas leer o dormir), el manco que pide, el sordo que toca la armónica, el ciego que te vende anteojos 3D para que veas cine infantil, la estampita de San Roque, el monedero, el costurero, el etc. Tenés a Maxi que perdió su pierna en un accidente de tránsito en el cual el conductor “se dio a la fuuuuuga” y que, hace dos años, está tratando de conseguir los dos mil pesos que cuesta la prótesis. No quiero sacar la cuenta, pero si en dos minutos que tarda por vagón, consigue un promedio de tres pesos y hace dos años, mínimo, que anda por los trenes. ¿Le faltará mucho para conseguir ese dinero y comprarse la prótesis para poder empezar a trabajar?
Pocos ejemplos para la verdadera magnitud de la fauna ferroviaria, si sos de un corazón enorme, te podés quedar sin sueldo en un viaje de Retiro a José León Suárez.

De todos los trenes que recorren la ciudad y la provincia a diario, hay uno que se puede considerar “maldito”. El mismo está destinado a una sola persona y es imperceptible a la vista y a las sensaciones del pasajero común.

Florencia Inzaurralde nació el sábado 20 de noviembre de 2004 en la Clínica de la Trinidad en Palermo. Hija menor de un obrero de la construcción y una mujer que trabajaba limpiando la mansión de los Martínez Etcheverry, familia acaudalada de la zona de San Isidro, nació en dicha clínica gracias a la caridad de Doña María de las Mercedes Martínez Etcheverry que hizo que su medicina prepaga atendiera a Inés, su madre, evitando el Hospital Municipal de la zona.
A Inés le dieron el alta el lunes 22 de noviembre, volvía a Virreyes de donde eran oriundos los Inzaurralde. En Retiro mamá Inés, papá Jorge y Mariana, la hija mayor del matrimonio, tomarían el tren de las 17:01 con destino Tigre, el mismo que llevaría por primera vez a Florencia a su casa. El tren, curiosamente, partió en horario.

17:01 (Est. de Retiro)
Al cruzar la puerta del tren y meterse en él, Florencia, a pesar de tener horas de vida, sintió que algo cambiaba dentro suyo, comenzó a percibir olores, escuchar voces definidas y a entender lo que se decía en todo el vagón. Con el tren en marcha, comenzó a mirar por la ventana y notó que poco a poco, su altura le permitía ver a través de los vidrios, abandonó los pañales, comenzó a caminar y empezó a identificar las cosas. Conoció las flores, los colores y las formas, entre vendedores y solicitantes de caridad. Al llegar a la siguiente estación, Florencia era casi un capullo de 10 años, había ido al jardín de Infantes y estaba en plena educación primaria.

17:14 (Est. Lisandro de la Torre)
Con el andar parejo del tren, Florencia fue creciendo acorde pasaba el tiempo. Terminó su educación primaria e ingresó en el colegio secundario para estudiar contabilidad, materia que siempre le había gustado. Se hizo “señorita” y conoció el amor de la mano de David, un joven estudiante que vivía en la misma zona que su familia. Pero la vida es cruel a veces y, por un lado te brinda y por el otro te quita, conoció la muerte a la edad de 16 años cuando su papá Jorge, falleció víctima de un cáncer fulminante. Al momento de recibirse de bachiller contable su madre fue quien recibió su diploma mientras su hermana Mariana y su novio David la aplaudían entre el público. El tren llegaba a la siguiente estación.

17:16 (Est. Belgrano C)
A los 20 años, nuestra Florencia, había conocido buena parte de la vida. Conocía la muerte pero sobre todo conocía el amor. David había sido un gran compañero, se amaban y habían prometido casarse cuando ella terminara su carrera. Estudiaba para Contadora Pública y era una gran alumna, con lo cual eso se produciría rápidamente.

17:18 (Est. Núñez)
Con 25 años se recibió con Diploma de honor y consiguió trabajo en un prestigioso estudio. David era diseñador gráfico y con ambos sueldos pudieron comprarse su casa y casarse. Florencia era feliz ya que podía devolverle a su madre un poco de todo lo que ella le había dado.

17:21 (Est. Rivadavia)
Martín, su primer hijo había nacido una mañana de noviembre cuando Flor tenía 30 años. Ya había adquirido la experiencia suficiente como para poder montar su propio estudio, su primer cliente había sido su marido. Al ser independiente pudo dedicarse a su hijo plenamente y se convirtió en una gran madre. Sólo esperaba que su hijo pudiese crecer, a diferencia de ella, con su padre al lado.

17:23 (Est. Vicente López)
Nayla, su segunda hija, nació con un peso de 3,600 kg. Era una bebe saludable que coincidió en fecha con su primer sobrino. Pero una vida llena de nacimientos no puede ser disfrutada a pleno, porque están quienes llegan, pero existen también los que se van. Cuando Florencia había pasado los 35 y llegando a la siguiente estación, la muerte se encaprichó con mamá Inés y se la llevó una tarde de septiembre, luego de haber criado dos hijas espléndidas y empezando a malcriar tres nietos preciosos.

17:26 (Est. Olivos)
Martín ya tenía 10 años y Nayla 5, habían crecido sin carencias y sus padres eran felices. De todas formas se habían encargado de que ambos aprendieran a perder, siempre les repetían: “Para saber estar arriba hay que aprender a estar abajo”. Bajo esta premisa los criaron. Así fue que con 15 años, martín se puso a trabajar en un puesto de diarios ya que, por negligencia, le dio el primer nieto al matrimonio. Florencia y David colaborarían con él, pero Martín no permitió que se lo mantengan.

17:28 (Est. La Lucila)
A los 45 años Florencia ya era abuela y a David, el cigarrillo había empezado a complicarle las vías respiratorias. Florencia empezó a preocuparse, si bien no iba a tener problemas económicos, no sabía lo que era vivir sin amor, sin su amor. Nayla crecía a pasos agigantados y pudieron hacerle la mejor fiesta de 15 años que hubiera soñado. Fue la última fiesta de David.

17:30 (Est. Martínez)
Con 50 años, viuda, dos hijos, un nieto y otro por llegar. Florencia recibió el mismo diploma que había recibido su madre, pero ésta vez era Nayla la que se lo regalaba a ella. Martín era padre por segunda vez y ya tenía su propio puesto de diarios. Hacía tres años había fallecido David y si bien era muy difícil sin él, la resignación había logrado que sobreviviera a fuerza del cariño de sus nietos.

17:32 (Est. Acassusso)
Nayla se había casado con un sujeto de no muy buena vida. Había tenido un hijo con él pero no sólo le era infiel sino que, además, le pegaba. Martín casi termina preso por intentar hacer justicia por mano propia y mandarlo derecho al hospital. Para Florencia, a sus 55 años, todo esto le había traído problemas de salud y la había tenido internada mucho tiempo.

17:35 (Est. San Isidro)
El mal tiempo pasó, el ex marido de Nayla terminó preso y volvió a reinar la calma. Pero para Flor a sus 60 años todo el embrollo le había regalado un cáncer. Enfermedad que no la detendría así nomás. Luchó contra él y le ganó o, al menos, lo relegó a un segundo plano.

17:38 (Est. Béccar)
A los 65 años y después de cuarenta años de carrera, Florencia decide retirarse y su estudio quedó en manos de Nayla. Decidió disfrutar de la vida y comenzó a viajar por el mundo. Se había hecho una buena posición y con la ayuda de sus hijos. Pudo darse los gustos que quiso sin desenfocar su centro: La familia.

17:42 (Est. Victoria)
Pero no todo fue bien. El cáncer, camuflado entre su felicidad, se manifestó pero de manera contundente esta vez. Y no hubo retorno.

17:44 (Est. Virreyes)
El lunes 22 de noviembre de 2004 a 43 minutos de haber subido al tren, a los 75 años y después de haber estado en una cama los últimos 2 años, Florencia Inzaurralde falleció víctima del cáncer. Pero se fue tranquila. Sus hijos y su nietos habían sido bien criados y su familia estaba encaminada.

Inés y Jorge Inzaurralde bajaron del tren en Virreyes con su bebe en el cochecito. Nunca supieron que la vida de esa hija ya estaba vivida. El destino ya la había consumido en ese tren. Cómo sería su vida de ahí en adelante. Sólo Dios sabría.

Fernando A. Narvaez

PD: Si llegaste hasta acá después de lo largo de este texto, no te pierdas las dos líneas de lo último en: Anhedonia

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